TOMO 2. CAPÍTULO 91. Un día diferente
Liliana
La enfermería de la prisión es un lugar frío y silencioso, casi como si el tiempo aquí se moviera más lento que en cualquier otro lado. Estoy acostada en la camilla que me asignaron, con las piernas ligeramente dobladas y las manos sobre mi vientre, sintiendo los movimientos de mis bebés.
Mi pancita ya está grande, y a siete meses de embarazo, todo parece más pesado: mi cuerpo, mis pensamientos, incluso el aire que respiro.
A mi lado, en la mesita de metal, está mi plantita de fresas. Es irónico que ahora la voz de Logan sea lo único que me acompaña en este lugar.
Paso los días dormitando, tratando de no pensar demasiado en mi situación. Pero es imposible. Todo me asusta. Mi embarazo no va bien, lo sé. Apenas gano peso, y la doctora ya me lo ha dicho varias veces: necesito descansar más y comer mejor. Como si eso fuera algo que pudiera controlar aquí.
Cada vez que trato de comer un poco más, las náuseas me ganan. Cada vez que intento relajarme, el miedo a Ryker o a lo que pueda pasar con mis bebés me invade.
Y lo peor es que nada cambia. Un día pasa detrás del otro y nada cambia.
Buen… hasta hoy.
Hoy parecía ser un día como cualquier otro. La enfermería estaba vacía aparte de mí, y la doctora entraba y salía, revisando papeles o ajustando el gotero que tengo conectado en el brazo. Pero entonces, la calma se rompe.
Traen a otra presa, que llega con una sonrisa demasiado grande y genuina para un sitio como este.
Es una mujer mayor, quizás de unos cincuenta años, y tiene una apariencia fuerte, casi intimidante. Está llena de tatuajes que cubren sus brazos y cuello, y a pesar de eso se ve absolutamente hermosa. Lleva un uniforme naranja, igual que yo, pero parece caminar con una confianza que nunca he tenido.
La doctora la hace acostarse en una camilla frente a la mía y mira su expediente.
—Tendrás que esperar aquí unas horas antes de que llegue la ambulancia que te llevará al hospital para tu diálisis —le dice—. Ponte cómoda porque como no es una urgencia, puede tardar.
La mujer asiente con calma, como si no le importara esperar.
—¿Qué me dice, doctora? ¿Voy a vivir hasta los ochenta? —pregunta con una sonrisa burlona.
—Si hace lo que le digo, tal vez —responde la doctora sin levantar la vista de los papeles aunque por el expediente debe saber que eso es mentira.
La mujer suelta una carcajada y luego me mira. Es una mirada directa, casi inquisitiva, como si estuviera tratando de leerme. Me siento incómoda y bajo la vista, pero puedo sentir que sigue observándome.
—No te asustes, niña —me dice, finalmente y su voz es muchísimo más dulce de lo que había esperado—. No muerdo. Solo tengo una debilidad especial por las mujeres embarazadas.
Levanto la mirada, confundida, y la doctora le pone los ojos en blanco antes de salir de la enfermería y dejarnos solas.
—¿Qué…? —murmuro nerviosa y ella sonríe.
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