TOMO 3. CAPÍTULO 182. Las malas personas
Logan
Espero que mi hermana despierte llena de odio, que me grite, me insulte y me maldiga cuando sepa lo que ha perdido. Me preparo para eso, porque sé que no puede ocurrir de otra manera cuando soy el portador de esas noticias. Y por desgracia me doy cuenta de que no he sido el portador de muchas noticias buenas en la vida de mi hermana.
Sin embargo cuando Gemma abre los ojos y la verdad le golpea como un tren, no me grita. No me insulta. No puedo oír ni un solo reproche de su parte.
En lugar de eso se queda en silencio, con las lágrimas rodando por sus mejillas sin que haga el menor esfuerzo por detenerlas.
—Supongo que esto es lo que les pasa a las malas personas —dice con una voz tan rota que me desarma por completo.
Me siento junto a ella en la cama y le tomo la mano, apretándola suavemente.
—¡No… no muñeca, no eres mala! ¡No eres mala, Gemma! —le digo y mi voz suena tan firme como puedo permitirlo—. ¡Mis hijos están vivos gracias a ti! Y quizás no sea un consuelo pero tus sobrinos van a saber eso siempre.
Ella aparta la mirada hacia la ventana, todavía llorando en silencio.
—De verdad estaba loca —murmura por lo bajo y no la entiendo hasta que pronuncia ese nombre—. Carolina… Logan te juro que se lo vi en los ojos, estaba loca. Y el otro, el médico… antes de entrar lo escuché decir que abriría a los bebés sobre una mesa… —dice en medio de un estremecimiento que no sé si es de asco o de terror—. Yo no soy así Logan… ¿Verdad que no soy así?
Algo dentro de mí se rompe de repente y la abrazo tanto como su estado me lo permite.
—No, Gemma, claro que no. Tú no eres así. Tú eres una buena persona, “perra” pero buena —sentencio y ella no puede evitar sonreír porque ya casi es un halago para ella auto llamarse así en lugar de algo peor.
—¿Ya encontraste a quien trató de matarte? —pregunta después de un rato, y trato de permanecer ecuánime porque entiendo que no será fácil para ella escuchar la verdad, pero no gano nada escondiéndosela.
—Sí —respondo.
—¿Quién es, Logan?
Tardo un segundo en responder, pero cuando lo hago soy directo.
—El único que no vendrá a verte.
Gemma se queda inmóvil por un momento, y luego su rostro se descompone en una nueva ola de lágrimas porque puede intuir lo que eso significa: hemos perdido a un miembro más de nuestra familia. Me inclino hacia ella y la abrazo con fuerza.
—Lo siento tanto, Gemma —murmuro contra su cabello, y ella asiente, pero no dice nada más. Cuando me aparto, le doy un beso en la frente y me levanto—. Papá y los demás están afuera. Quieren verte.

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