EPÍLOGO
Liliana
Logan me mira emocionado, con esa sonrisa tan suya que siempre logra desarmarme, pero sé exactamente lo que está pensando, puedo leerlo como un libro abierto.
—No, no lo hagas —le digo antes de que abra la boca y él frunce el ceño, confundido.
—¿Qué no haga qué?
—No me pidas matrimonio aquí y ahora. —Le señalo con un gesto—. Ni de rodillas, ni con un discurso que seguro llevas ensayando días.
Logan suelta una carcajada.
—¿Qué? ¿Ahora también me lees la mente?
—No hace falta leerte la mente. Te conozco. —Sonrío, divertida, y le acaricio el cabello, despeinándolo aún más.
Logan se cruza de brazos y me mira fingiendo estar ofendido, aunque no puede ocultar la sonrisa que se asoma en sus labios.
—Bueno, ¿y cómo se supone que te pida matrimonio si no puedo hacerlo como lo había planeado?
—No tienes que planear nada. —Me encojo de hombros—. Un día simplemente nos despertaremos y lo haremos. Solo nosotros.
Por un momento, Logan me mira como si no entendiera del todo lo que acabo de decir, pero al final me envuelve de nuevo en un abrazo y hunde el rostro en la curva de mi cuello.
—Eso sería genial porque estoy en un dilema muy grande —me dice y yo lo miro con curiosidad.
—¿Cuál?
—Pues que por un lado quiero una ceremonia grande para presumirte —dice, con un brillo travieso en los ojos—. Quiero que todo el mundo sepa que eres mía.
Me río, sacudiendo la cabeza.
—¿Presumirme? ¿En serio?
—Bueno, sí. —Se encoge de hombros, pero luego baja la voz y añade con un tono dramático—. Pero también soy un celoso perdido, troglodita cavernícola posesivo, y no quiero que nadie te mire.
—¡Eso sí es más creíble! —le respondo entre risas, dándole un pequeño empujón en el pecho.
Logan ríe conmigo y, como siempre, termina estrechándome y besando mi cabeza. Sus brazos son mi lugar seguro, donde todo lo malo del mundo parece desaparecer.


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