TOMO 3. CAPITULO 185. El camino correcto
Liliana.
Logan y yo salimos de la habitación, con el corazón aún acelerado pero con una paz que hacía meses no sentía. Vamos juntos al cuarto de los bebés, que empiezan a despertar con esos ruiditos suaves que siempre logran derretirme.
Me ayuda a sacarlos de sus cunas, y entre risas y mimos los cambiamos y alimentamos. Luego nos sentamos en las mecedoras y los dormimos, como si no hubiera pasado nada malo, como si no tuviéramos un pasado que pesara tanto. En este momento, somos solo nosotros cuatro, y somos una familia.
Cuando los bebés finalmente caen rendidos y se duermen otra vez, Logan me agarra de la mano y me lleva de vuelta a la habitación. No dice nada, pero no hace falta. El fuego en sus ojos dice todo lo que necesito saber, y antes de darme cuenta, volvemos a estar enredados el uno con el otro. Su amor es apasionado, insistente, como si estuviera decidido a recuperar cada segundo que perdimos.
Al final, mientras ambos respiramos con dificultad, lo veo incorporar en la cama a mi lado y se queda apoyado en su codo, mirándome con una sonrisa que parece mezclar orgullo y ternura.
La noche pasa, el día pasa y el resto de ellos viene con tanta naturalidad que es extraño, como si nos hubiéramos saltado todo un año de dolor en nuestras vidas.
—¿No trajiste mucha ropa, verdad? —le pregunto una mañana, mirando que solo se ha puesto un pantalón de algodón y anda descalzo de un lado a otro.
—¿Para qué necesito ropa? —me responde, con esa sonrisa traviesa que me hace rodar los ojos y no puedo evitar reírme.
—¿Qué, ahora te volviste pobre o exhibicionista?
—Ni una cosa ni la otra. —Se inclina y me da un beso rápido, como para subrayar lo que va a decir—. Pero después de las cagadas que hice, me tengo que vender bien contigo. Y eso incluye verme siempre muy bien y muy sexy.
—¡Y muy desnudo! —replico.
—¡Eso también! Además, ¿te das cuenta de que la mayoría de mis playeras no las uso porque siempre me las arrancas?
—¡Eso no es…! Bueno sí es cierto —murmuro entre risas, pero no puedo negar que me encanta su descaro.
Los días pasan con una facilidad abrumadora, como si todo estuviera volviendo a su lugar poco a poco. Logan y yo cuidamos de los bebés juntos, y cuando Kolya y Beri regresan, el caos se multiplica, pero en el buen sentido.
Beri llega a casa después de su recuperación, y Logan y yo nos aseguramos de tratarla como una princesa. No la dejamos moverse más de lo necesario y la consentimos en todo; eso, por supuesto, cuando Kolya nos deja, porque al condenado le encanta acapararla. Y otra vez por supuesto que a ella eso no le gusta nada.
—¿Me puedes dejar vivir, Liliana? —me dice un día, mientras le sirvo café cargado que ni siquiera pidió.
—No —le contesto con una sonrisa—. Tú tampoco me dejabas hacer anda cuando recién tuve a los gemelos. Ahora te jodes.
—¡Qué pedazo de amiga eres! —me saca la lengua.
—Eso fue lo que te conseguiste, ¡ahora cállate déjate querer, tarada! —respondo y las dos estallamos en carcajadas.
Kolya, por su parte, la consiente aún más. Está tan pendiente de ella que Beri termina diciendo que preferiría que la hubiera dejado en el hospital. Pero yo sé que en el fondo le gusta toda la atención.
Dos semanas después ella ya está en perfecta forma, lo sé porque una tarde nos echan de mi propia casa y Logan y yo salimos corriendo al cine con los bebés porque no queremos escuchar lo que va a pasar ahí, señoras y señores.
—¡Yo te lo digo: lenguaje de adultos, violencia y s…!
—¡Logan, los niños! —lo regaño y él mira al asiento trasero donde nuestros bebés están acomodados en sus sillitas.
—Tienes razón, no pueden escucharnos. Brennan será un rompecorazones pero Brianna irá a un convento.
—Sí claro, te aseguro que le dedicará su vida al Señor.
—¡¿A qué señor?!

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