TOMO 3. CAPITULO 184. Un hombre feliz
Logan
Camino hacia la puerta del cuarto con una sonrisa enorme en la cara. Estoy tan feliz de que voy a poder ver a mis hijos todos los días que el corazón me late acelerado. Es una sensación tan fuerte que ni siquiera puedo pensar algo coherente. Todo lo que sé es que, después de tanto tiempo y tantas cosas que salieron mal, por fin algo está saliendo bien.
Pero entonces, algo en lo que dijo Liliana me detiene en seco.
Voy a venir… ¿todas las noches? Guardo mi ropa… ¿en su cuarto? ¿Duermo… en su cama?
Me doy la vuelta lentamente, como si mi cerebro estuviera procesando a trompicones, y la miro con los ojos completamente desorbitados, incapaz de decir una palabra porque todavía no estoy seguro de haberlo entendido bien.
Liliana me ve y, en lugar de ponerse nerviosa, se cruza de brazos con una sonrisa divertida, casi burlona.
—¿De verdad? ¿Hasta ahora te diste cuenta? —pregunta y su tono tiene ese toque juguetón que siempre logra sacarme de mis casillas y, al mismo tiempo, volverme loco por ella—. ¿Qué te pasó, Logan? ¿Ser padre te puso tonto? ¡Antes lo habrías captado en un instante!
Parpadeo como un idiota, tratando de entender cómo llegué a este punto sin haberlo notado antes mientras ella me chasquea los dedos.
—¡El hombre que conocí era más calenturiento! —continúa, y esa sonrisa suya me dice que no ha terminado de disfrutar de mi reacción—. ¡Definitivamente no lo hubiera dejado pasar ni…!
No la dejo terminar. No puedo.
Corro hacia ella como un loco, sin pensarlo dos veces, y la levanto por la cintura. Su risa llena el cuarto, sorprendida y ligera, y en ese momento siento que todo mi mundo vuelve a estar completo. La abrazo con fuerza, como si tuviera miedo de que se me escape, y la beso.
La beso como si fuera la primera vez y también como si fuera la última. Es un beso urgente, cargado de todo lo que no dije, de todo lo que no hice, y de todo lo que he querido desde el día en que la conocí.
—Tienes razón, soy un idiota —murmuro contra sus labios.
—¿Y el idiota va a hacer algo o…? —me dice con una sonrisa traviesa y mis manos van al nacimiento de sus muslos, levantándola y haciéndola enredar sus piernas a mi alrededor—. ¡Uy sí, algo vas a hacer!
Devuelve mi beso y lo domina. Y yo me dejo arrastrar por esta vorágine perfecta que es saber que ella también quiere esto, que ella también me desea. La llevo en brazos hasta su habitación y cierro la puerta de una patada ligeras, sin soltarla ni un segundo.
Me encantaría llegar a la cama, pero la verdad es que el calenturiento se me sale y no puedo evitarlo. Un segundo después estamos tratando de quitarnos la ropa como un par de posesos y mi boca recorre cada centímetro que voy desnudando.

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