TOMO 2. CAPÍTULO 81. Anestesia para el corazón
Logan
Cuando vuelvo a la hacienda no quiero ver a nadie, no quiero escuchar a nadie, y definitivamente no quiero pensar en nada. Paso directamente a mi habitación, cierro la puerta con llave y no salgo por días. Me traen comida, pero apenas la toco. Lo único que beber, como su el alcohol fuera la anestesia perfecta para mi maldito corazón hecho pedazos.
Debí seguir siendo un maldito ogro después de despertarme. Jamás debí permitirme sentir… todas estas cosas por ella. La botella de whisky que tenía escondida en el escritorio de mi despacho ahora está casi vacía, pero no me importa.
El dolor es insoportable, pero no es solo por Liliana. Es por todo: por los niños que no son míos, por las mentiras, por la traición, por la humillación de haberla defendido frente a todos y ahora saber que estaba equivocado. Me odio por haber sido tan ciego.
Pierdo la cuenta de cuántos días paso encerrado. Escucho voces afuera de la habitación, pero no me importa. Podrían estar hablando de mí o del fin del mundo, y daría igual. Es hasta que la voz de mi padre rompe el silencio que me obligo a prestar atención.
—¡Logan! —grita, golpeando la puerta con una fuerza que parece que va a derribarla—. ¡Abre esta maldit@ puerta o lo haré yo!
Mi cabeza late como si me estuvieran taladrando el cráneo, pero me levanto. No quiero enfrentarme a él, no ahora, pero tampoco estoy de humor para soportar que irrumpa en mi espacio. Abro la puerta, y ahí está: imponente, con los ojos llenos de preocupación.
—¿Qué diablos estás haciendo contigo mismo? —me pregunta, cruzando los brazos.
No respondo. Me apoyo en el marco de la puerta, tambaleándome ligeramente por el alcohol.
—No puedes seguir así, Logan. No puedes dejar que todo se desmorone porque una mujer te engañó.
—No tienes idea de lo que estás diciendo —le respondo con una voz más rasposa de lo que esperaba—. Ella no es solo "una mujer".
Él suspira, claramente cansado de mí.
—Deja de compadecerte. No solo es tu vida la que está en juego aquí. Los hospitales, la hacienda, todo esto depende de ti. Si no te levantas y haces algo, lo perderás todo.
No le respondo, pero sé que sus palabras me seguirán hostigando si no me voy. Bajo las escaleras, paso por el bar, agarro otra botella, y esta vez decido salir. No quiero seguir encerrado escuchándolos. Necesito respirar, aunque sea el aire frío de las caballerizas.
Cuando llego, Berserker está ahí, enorme y poderoso como siempre. Me acerco, y él relincha, impaciente.
—Tranquilo, amigo —le digo, acariciándole el cuello—. Vamos a dar un paseo.
Ni siquiera me molesto en ponerle la silla. Subo a su lomo con la botella aún en mano y lo hago correr a campo traviesa. El viento me pega en la cara, pero no es suficiente para despejar mi mente. Quiero sentir algo más, algo que me distraiga del dolor que llevo en el pecho, algo que me haga olvidar por unas horas.
“Una mujer”. ¡Qué fácil es decir que solo es una mujer cuando era la mía! Mi Lili. Mi Fresita.
El día se convierte en noche y sigo cabalgando, sin rumbo. Berserker parece cansarse, pero no me importa. Finalmente, cuando estamos en medio de la nada, detengo al caballo y me deslizo de su lomo. Me siento en el suelo, apoyado en un árbol, y sigo bebiendo hasta que la botella se acaba.
No sé cuánto tiempo pasa, pero cuando levanto la vista, Vincent está frente a mí. Lleva una linterna en la mano y su expresión es de puro disgusto.
—¿Qué diablos estás haciendo, Logan? —me pregunta, furioso.


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