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IMPERDONABLE romance Capítulo 80

TOMO 2. CAPÍTULO 80. El inicio de un infierno

Liliana

Cuando abro los ojos, lo primero que siento es el frío del suelo bajo mí y un dolor punzante en la cabeza. Me toma unos segundos recordar dónde estoy, y cuando lo hago el miedo me golpea como una ola.

Estoy en una celda. Las paredes son de un gris opresivo, y el aire huele a humedad y desesperación. Me incorporo lentamente, el cuerpo me pesa como si no fuera mío.

—¿Qué…? —murmuro, llevándome una mano a la frente, y una oficial aparece al otro lado de los barrotes.

Tiene un rostro duro, inexpresivo, como si hubiera visto demasiadas cosas en este lugar.

—El fiscal quiere hablar contigo —dice sin ningún tipo de emoción, y no sé si debería sentir alivio o más miedo.

Mi garganta se cierra, pero asiento débilmente. Me llevan por un pasillo que parece interminable, hasta otra pequeña sala de interrogatorios, tan insoportable como la anterior. En cuanto entro, ahí está él: el fiscal. Alto, impecablemente vestido, y con una expresión que mezcla aburrimiento y superioridad. Tiene una carpeta en la mano, y cuando me siento la coloca frente a mí.

—Señora Duque —empieza, como si estuviera hablándole a una niña desobediente—. Vamos a simplificar las cosas.

No respondo. Estoy demasiado nerviosa, demasiado asustada.

Y él solo abre la carpeta y saca un par de documentos que coloca sobre la mesa.

—Esta es una confesión por todos los cargos que se le imputan. Si la firma, podré ofrecerle un trato que me parece, a todas luces, bastante justo… o al menos más de lo que usted se merece: veinte años.

Mi corazón se detiene y siento que las náuseas vuelven.

—¿Vein… veinte años? —repito, como si no hubiera entendido.

Ese hombre me mira como si fuera un insecto, niega con impaciencia y la próxima vez que habla olvida cualquier protocolo de respeto.

—Es una oferta generosa, Lilianan, y te la hago únicamente porque prefiero no perder el tiempo con escorias como tú —escupe con molestia—. Así que ahórrame tiempo y firma, si no lo haces y esto va a juicio, me encargaré de que no te den nada más bajo que cadena perpetua.

La sangre abandona mi rostro y podría jurar que el resto de mi cuerpo también.

—Pero… soy inocente.

El fiscal suspira, como si estuviera cansado de escuchar esa frase.

—Sí bueno… tenemos pruebas que dicen lo contrario: Transferencias de dinero, registros en los hospitales, incluso testigos que aseguran que usted sabía exactamente lo que estaba haciendo. ¿De verdad quiere arriesgarse a pasar el resto de su vida en prisión?

Mis ojos se llenan de lágrimas porque siento que estoy viviendo el infierno en esta vida.

—¡Yo no hice nada de lo que dicen…!

Él me interrumpe, y su tono ahora es incluso más frío.

—Son veinte años o cadena perpetua. Es tu elección.

Me siento como si estuviera ahogándome. Las lágrimas empiezan a caer, pero trato de mantener la compostura.

—No voy a firmar —digo, aunque mi voz tiembla, y el fiscal se recuesta en su silla, cruzando los brazos.

—Muy bien. Entonces será mejor que prepare muy bien su defensa, aunque dudo que eso le sirva de algo contra mí.

Y la simple palabra me hace recordar que no la tengo, ni siquiera tengo…

—Quiero un abogado —le digo mientras mi voz sube de tono, desesperada.

TOMO 2. CAPÍTULO 80. El inicio de un infierno 1

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