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IMPERDONABLE romance Capítulo 82

TOMO 2. CAPÍTULO 82. Un millón de preguntas sin respuestas

Liliana

Me sacan de la celda temprano, aún no ha amanecido, pero tampoco es como si importara. Apenas he dormido, la mente me da vueltas pensando en todo lo que ha pasado, pero por más que lo intento solo consigo hundirme en la desesperación.

La oficial que me escolta no dice nada mientras me lleva por los pasillos fríos de la comisaría. Siento las esposas apretadas en mis muñecas, aunque no las necesiten. Es como si quisieran recordarme una y otra vez que soy culpable, aunque yo sepa que no lo soy.

Mi abogado, el joven que parece más confundido que yo, y mucho más impaciente, me espera en la entrada; y su rostro tiene esa mezcla de incomodidad y resignación que me hace pensar que solo soy un estorbo para su carrera.

—Liliana, tengo que ser honesto contigo —dice en cuanto llego a él—. El traslado a la cárcel del condado es inevitable. El fiscal está decidido a procesarte, y el juicio podría tardar meses en comenzar.

—¿Meses? —le pregunto, sintiendo cómo un nudo se forma en mi garganta.

—Es lo normal en estos casos. La fiscalía va a tratar de que sus pruebas sean aun más sólidas, y además no les molesta dejarte un rato en la cárcel para ver si vuelves a pensar en tus opciones.

—Firmar la confesión —murmuro—. A eso quieren orillarme.

—Exacto —responde y cierro los ojos porque en este momento existo casi por inercia.

Bajo la mirada, sintiéndome más derrotada que nunca, mientras él sigue hablando de trámites y procedimientos que apenas escucho.

Finalmente, me suben a un autobús policial con otras mujeres que también van a la cárcel del condado. Ninguno habla, y yo tampoco tengo ganas. Afuera, las calles parecen lejanas, irreales, como si todo lo que conocía antes de esto perteneciera a otra vida.

Cuando llegamos, comienza el proceso de ingreso. Me quitan todo lo que tengo, que no es mucho, pero toman mis aretes con forma de fresitas, los que Logan me regaló; y los colocan en una bolsa de evidencias marcada con mi nombre, como si fueran pruebas de un delito y no solo cosas mías. Ni siquiera los miran dos veces, probablemente porque no imaginan lo que valen.

—¿Tienen valor sentimental? —me pregunta la oficial viendo la forma en que los miro.

—Todo el valor del mundo —respondo con sinceridad.

Después de eso me llevan a la enfermería primero. La doctora es una mujer de mediana edad, con gafas gruesas y una expresión cansada pero amable. Me pregunta si tengo alguna condición médica que deba saber y menciono que estoy embarazada.

—¿Cuánto tiempo tienes? —pregunta mientras prepara el equipo para el ultrasonido.

—No lo sé con certeza —miento porque prefiero que alguien me repita esta mentira… o esta verdad imposible.

Ella no dice nada, solo me indica que me recueste en la camilla. El gel frío sobre mi abdomen me hace estremecer y miro la pantalla con el corazón en un puño.

—Tienes más de tres meses —dice finalmente, señalando los dos pequeños puntos que se mueven en la pantalla—. Son dos.

El aire se queda atrapado en mis pulmones. No es mentira. No es un error.

—¿Cómo…? —susurro, pero no termino la pregunta porque ni siquiera sé qué preguntar.

La doctora apaga la máquina y me da una toallita para que limpie el gel de mi abdomen.

—Voy a solicitar que te asignen una celda individual —dice sin ninguna expresión—. Si estás involucrada en algo relacionado con tráfico de órganos, será peligroso que estés con otras internas, especialmente estando embarazada.

—No estoy involucrada en nada —le respondo, pero mi voz es débil, casi un susurro.

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