TOMO 2. CAPÍTULO 48. Un ángel de paso
Liliana
Las horas aquí dentro se sienten eternas. No sé si son las náuseas, el cansancio o el hambre, pero mi cuerpo está completamente fuera de control. No he podido comer nada desde que me trajeron, y menos he podido tomar las medicinas que necesito desde de la operación. El dolor empieza a extenderse como si mi cuerpo me estuviera reclamando por haberme olvidado de él.
Pienso en Logan. ¿Estará bien? ¿Se habrá despertado? ¿Sabrá lo que pasó? Me abrazo las rodillas, intentando encontrar algo de consuelo, pero nada funciona. Este lugar es frío, oscuro, y apesta a humedad; y siento que por dentro estoy igual: hecha un desastre.
Han pasado dos noches. Dos maldit@s noches sin que me dejen hacer ni una sola llamada. He perdido la cuenta de cuántas veces les he pedido, casi rogándoles, que me permitan contactar a alguien. Siempre me responden con burlas o silencio. Una de las oficiales incluso se carcajeó en mi cara y me dijo:
—¿Llamar a alguien? ¿A quién? Mejor acomódate, que te queda rato aquí.
Así que es imposible no darme cuenta de que Carolina y su padre son más poderosos de lo que creí. ¿Qué tan lejos puede llegar el dinero y la influencia? Ahora lo sé: hasta aquí, hasta esta celda donde me pudro sin que a nadie le importe.
De repente, escucho un ruido, hay un jaleo extraño al otro lado de las celdas en la comisaría. Voces elevadas, pasos apurados. Me pongo de pie como puedo, apoyándome en la pared porque las piernas apenas me responden. Miro hacia la reja, intentando distinguir algo, pero no alcanzo a ver nada.
La agitación aumenta. Por un segundo pienso que podría ser un altercado cualquiera, pero entonces veo a una mujer acercándose con paso firme hacia mi celda. Es joven, alta y hermosa. Su cabello negro cae perfectamente sobre sus hombros, y su presencia ilumina el lugar como si solo fuera un ángel de paso.
Se detiene frente a la oficial que está cuidando la entrada de las celdas y le extiende un papel.
—Abre la puerta de Liliana Duque —ordena con un tono frío y cortante, pero la simple mención de mi nombre me acelera la sangre.
La oficial se cruza de brazos y la mira desafiante.
—No sé quién te crees que eres, pero aquí no abro nada sin la orden del comisionado.
La muchacha no pestañea. Se inclina un poco hacia la oficial, casi invadiendo su espacio personal, y su voz se vuelve aún más gélida:
—Esta es la fianza de Liliana Duque, pagada, así que abre la puta puerta porque si el Comisionado la quiere tendrá que venir a quitármela —sisea entregándole un documento como si dejara caer basura sobre… más basura.
—¡Tú no tienes idea de con quién te estás metiendo! —escupe la oficial en su dirección.
—Y tú escúchame bien. Me estoy quedando con tu cara, y si me vuelvo a cruzar contigo y no has aprendido a suavizarme el tono, vas a aparecer descuartizada en la alcantarilla debajo de tu propia casa, ¿me entendiste?
La oficial retrocede, claramente asustada, y sin decir nada más, busca la llave con expresión de impotencia. No sé si la amenaza fue real o no, pero funcionó, y la puerta de mi celda se abre con un chirrido.
La muchacha entra y me sonríe, como si toda esa escena con la oficial no hubiera pasado hace un segundo.
—Liliana, ¿verdad? —me pregunta, y su tono ahora es amable.
—Sí —respondo, todavía intentando procesar todo.


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