CAPÍTULO 42. Cuando despiertes
Logan.
El cuerpo de Liliana se siente como un refugio, una tormenta, y todo lo que hay en medio. Tener sexo con ella no es solo algo físico; es más de lo que esperaba, más de lo que pensé que podría ser. Es una mezcla de necesidad y deseo que no desaparece incluso después de que todo acaba.
No sé de dónde saco tanta condenada energía pero evidentemente es su culpa, que me pone como un adolescente calenturiento, un hombre de las cavernas descontrolado, un… ¡Joder, de verdad va a resultar que soy el Señor Greñitas! Tendré que dejarme la barba en serio.
Mientras ella duerme a mi lado, envuelta en las sábanas, me quedo mirándola. Su cabello está desordenado, su respiración es suave y constante, y no puedo evitar pensar que debe ser cierto. Que esta mujer es mi esposa. Que en algún momento, antes de que todo esto se convirtiera en un caos, yo elegí bien.
Me quedo con esa idea rondando en mi cabeza, porque aunque no recuerdo cómo llegamos aquí, de repente no me importa. Liliana no me ha demostrado ni por un solo segundo que no soy importante para ella, incluso cuando no me he portado de la mejor forma con ella, y eso, por ahora, es suficiente.
Cuando despierta, sus ojos me buscan de inmediato. Hay algo en su expresión que me dice que está preocupada.
—¿Estás bien? —pregunto, inclinándome hacia ella mientras el sol comienza a entrar por la ventana.
—Sí, estoy bien —responde, aunque su voz suena insegura—. Solo estoy checando si no se te ha salido lo bruto…
Protesto, maldigo, hago el escándalo más fingido de la historia para acabar riendo y tirando de su cuerpo hacia el mío, porque de pronto abrazarla es como un maldito oasis de felicidad. Sin embargo no puedo obviar la expresión preocupada que intenta ocultarme.
—¿Te duele? —pregunto y me rueda los ojos.
—¿Es de día cuando sale el sol? —replica como si acabara de decirla una obviedad.
—Sí me pasé de entusiasta ¿verdad? —carraspeo acariciando su cabello—. Pero eso no es lo que te tiene nerviosa. No parece que estés bien. ¿Qué pasa?
Liliana toma aire porque creo que ya aprendió que no me gusta repetir mis preguntas, y después de un momento lo suelta lentamente.
—Quiero pedirte algo, Señor Greñitas, pero no sé si estarás de acuerdo.
—Pruébame —le digo.
Ella se sienta en la cama y sus dedos juguetean con el borde de la sábana.
—Quiero que te operes en otro hospital, uno que no sea el tuyo.
La miro, sorprendido por un momento, porque no es una petición usual.
—¿Por qué?
—Porque tengo miedo de que quien está tratando de lastimarnos esté allí —responde—. No conozco a los médicos, después de todo lo que ha pasado no… no confío en ninguno. ¿Cómo sé que no harán algo contigo mientras estás en la mesa de operaciones?
Su razonamiento tiene sentido, pero sigue siendo difícil de aceptar. Mis hospitales son mi orgullo, mi fortaleza.
—Liliana…
—Por favor, Logan. Es lo único que te pido. Opérate en otro lugar, no le avises a nadie, no le digas a nadie… si quieres no me digas ni siquiera a mí… por favor.
La manera en que me mira, con esa mezcla de miedo y determinación, me hace ceder.
—Está bien. Hablaré con Esteban.
Una pequeña sonrisa cruza su rostro, y antes de que pueda detenerla, se lanza hacia mí y me abraza.

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