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IMPERDONABLE romance Capítulo 30

CAPÍTULO 30. Fresas salvajes.

Logan

No debería estar escuchando detrás de las ventanas, eso es evidente, pero es un efecto colateral de la puñetera silla que se mueve como un caracol, y de esta desconfianza natural que siento por todo y por todos desde que abrí los ojos.

Escuchar a Liliana hablándole a una planta de fresas como si fuera su madre me hace un nudo en el estómago, porque ella tiene también su cuota de desconfianza y de miedo. No sabe si soy una buena persona… en este punto honestamente yo tampoco, pero no puedo dejar de preguntarme si la persona en la creyó erróneamente seré yo. Lo único que me queda muy claro es que hizo todo lo que pudo por salvar mi vida.

Quizás por eso, o quizás porque realmente soy un ogro con lo que me pertenece, no puedo explicar la rabia que me da que Gemma traten a Lilian de esa forma. Sé que yo soy un experto en hacerle daño, pero que alguien más se atreva… eso me exacerba de una manera diferente.

Por un segundo mientras miraba el cheque pensé que se largaría, pero luego le dijo que lo que necesita no puede comprarse con dinero, y a lo mejor va a resultar que no soy tan bruto, pero estoy bastante seguro de qué es.

Llevo sus dedos a mi boca y los chupo, siento cómo se estremece, y el temblor en sus labios me lo dice todo. La excitación en su cuerpo es innegable, y aunque intente ocultarlo, conmigo no puede.

La atraigo hacia mí con suavidad y la escucho contener el aliento.

—No escuches a nadie más, ¿me oyes? —le susurro—. El problema de Gemma no es contigo, es conmigo. Pero te prometo que no voy a dejar que te moleste otra vez.

Ella me mira como si no supiera si creerme o no. No la culpo, he hecho un desastre desde que abrí los ojos. Pero no sé por qué, necesito que me crea.

La tarde pasa inquieta y sobra decir que durante la cena la atmósfera está tensa. Gemma no deja de hablar de sus viajes, de sus estudios, de lo maravillosa que es su vida. Cada palabra es una forma de presumir, y todos lo sabemos, así que en lugar de aligerar el ambiente solo nos tiene alertas con el final del cuento, porque seguro ese es el camino de preparación para una burrada.

De repente, se dirige a Liliana con una sonrisa que no llega a sus ojos.

—¿Y tú, Liliana? ¿Dónde estudiaste? —la increpa—. Porque estoy segura de que para ser la esposa de alguien tan culto y estudiado como mi hermano, seguro debes haberte titulado en algo importe, ¿no? ¿A qué universidad fuiste?

Veo que Liliana se tensa, pero antes de que pueda abrir la boca, soy yo quien responde.

—A la universidad de "Te vas a ir a la puta calle si sigues incomodando a mi mujer" —le digo y el silencio que sigue es pesado, como si todo el aire se hubiera ido de la habitación.

Gemma me mira con los ojos entrecerrados, evidentemente impresionada, pero yo no me molesto en esconder este carácter de mierd@ que tengo ni siquiera con ella.

Tomo la mano de Liliana sobre la mesa y la acaricio. Ella intenta apartarla, pero la sostengo con fuerza, mirándola para que entienda que no tiene que esconderse.

—Tienes dos opciones, Gemma —digo con un suspiro de aburrimiento—: quedarte en paz o irte en guerra. Pero de ninguna manera quiero volver a escuchar que molestas a Liliana. Esta es mi casa, y ella es la señora de mi casa. Si no te gusta te puedes largar por donde viniste y no nos volvemos a ver en los siguientes dos años. Tú eliges.

Y por supuesto que Gemma se levanta bruscamente y se va de la mesa, lanzando la servilleta como un último acto de rebeldía que no le importa a nadie.

CAPÍTULO 30. Fresas salvajes. 1

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