CAPÍTULO 25. Aunque sea mentira….
Me acurruco en el calor de su cuerpo y dejo que las lágrimas caigan sin control. No puedo más. Siento que algo se rompe dentro de mí, una grieta profunda que amenaza con arrasar todo a su paso. El miedo y la desesperación han hecho estragos, y es como si la poca fuerza que me quedaba se desvaneciera.
Me duele el alma, me duele el cuerpo. Mi vida era hermosa y poco a poco he ido perdiendo todo, absolutamente todo, dejando solo miedo y angustia. Poco a poco, pierdo la conciencia, dejándome caer en una oscuridad que, por un momento, se siente como un refugio.
Cuando abro los ojos de nuevo solo veo el techo sobre mí, todavía tengo la cara mojada y estoy en la cama de Logan. Él está sentado en su silla junto a mí, con los brazos cruzados, observándome en silencio. Trato de incorporarme, pero la cabeza me da vueltas.
—No te muevas tan rápido —dice con ese tono brusco que nunca abandona del todo, pero hay un matiz más suave debajo.
—Estoy bien —miento porque claramente no lo estoy.
—Mira por la ventana —me dice, señalando con la barbilla, y con esfuerzo me levanto.
Siento las piernas como de goma mientras camino hacia la ventana, arrastrando los pies. Afuera, veo la pequeña planta de fresas en una nueva maceta larga, colocada en un rincón donde el sol la baña con suavidad.
—Sandra se encargó para que el jardinero no la confundiera —dice Logan detrás de mí—. La pasó a una maceta lo bastante grande y también preparó todo para que puedas sembrar más cuando salgan las fresas.
Las lágrimas regresan a mis ojos, pero esta vez no son de absoluta tristeza. Apoyo las manos en el cristal y mi frente en mis manos. Y un pedacito de mi corazón se vuelve a pegar. Me giro hacia él, incapaz de decirle todo lo que esto significa para mí.
—Gracias, Logan. De verdad… gracias.
Logan me observa en silencio por un momento, como si estuviera evaluando si mis palabras son sinceras, y luego simplemente asiente, como si no fuera gran cosa.
Me muevo hacia la puerta, pero él me intercepta, sin embargo sus palabras no son las que espero.
—¿Estás bien para caminar? —pregunta frunciendo el ceño y por un segundo mi aliento se corta.
—Sí, estoy bien —respondo, aunque sé que es una verdad a medias. La verdad es que sigo mareada, y las náuseas no han desaparecido del todo—. No te preocupes… la plantita lo arreglará.
Bajo lentamente las escaleras y peleo por mantenerme equilibrada mientras llego al jardín. La plantita de fresas se ve mucho mejor, así que tomo algunas hojas y me dirijo a la cocina. La señora Salma pone amablemente una tetera al fuego y luego azuza al resto de las muchachas para que salgan. No sé por qué, pero luego veo a Logan en el umbral de la puerta.
Ninguno de los dos dice nada, y unos minutos después logro sentarme en la mesa, sosteniendo la taza caliente entre las manos, mientras el aroma familiar llena el aire.

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