CAPÍTULO 24. El peor momento
—Me parece perfecto. Vámonos a casa —accedo, dándole la vuelta a la silla y haciéndola rodar hacia el coche—. Ahí arreglaremos todo.
Liliana acaricia una última vez la losa de la tumba de su madre y me sigue. No todos mis instintos funcionan bien, eso es evidente, porque hoy hace un mes que la señora Duque murió y Liliana debe estar pasando uno de los peores momentos de su vida, y aun así yo decido aprovecharlo para zanjar este asunto.
Unos segundos después se me une y camina a mi lado, llorando en silencio. No solloza, ni gime, pero las lágrimas caen sin pausa por sus mejillas. Tiene los ojos perdidos, como si ni siquiera supiera lo que hace y me digo que eso no va a ablandarme. No soy el tipo de hombre que se deja afectar por el drama de nadie… pero ¡maldición! hay algo en su dolor que me lleva, sin querer, al momento en que perdí a mi madre.
Es una sensación desesperada y no quiero revivirla, así que saco el teléfono y le marco a Vincent.
—Ya vamos de regreso. Prepara el contrato de renuncia a los bienes, quiero que esté listo cuando lleguemos —le digo y él solo responde con un “sí” breve y cortante.
Liliana no dice nada, sigue envuelta en su burbuja de tristeza, y eso me molesta. Me molesta que tenga tanto poder sobre su ánimo, que su tristeza sea contagiosa para mí.
El viaje de vuelta es silencioso. Ni siquiera el ruido del motor logra romper la tensión que hay entre nosotros. Al llegar, le hago un gesto para que me siga hasta el despacho, y ella entra sin decir una palabra. Sus ojos están rojos e hinchados, pero no hay rabia en ellos, solo resignación.
—Aquí está el contrato —dice Vincent ya nos estaba esperando más que preparado—. Léelo si quieres…
Pero Liliana ni siquiera lo mira. Toma la pluma y firma con una rapidez que me descoloca. No hay titubeos, ni siquiera una pausa para tomar aire. Me esperaba al menos un intento de negociación, una súplica. Pero no, ella simplemente escribe su nombre y deja la pluma sobre la mesa con una calma perturbadora.
—¿Tu petición? —pregunto intentando sacarme la sorna del lugar en que se me ha perdido.
—No le digas ni una palabra a nadie sobre esto —murmura en voz baja, y la miro a los ojos, tratando de entender a dónde quiere llegar.
—¿Por qué? —le pregunto, frunciendo el ceño—. Ya no puedes usarlo en mi contra, ¿qué te importa que alguien lo sepa?
Ella me sostiene la mirada, y por primera vez en mucho tiempo, veo algo que no es miedo o tristeza. Es como si estuviera evaluándome, como si yo fuera el que debería estar nervioso.
—Eres un hombre inteligente —responde, con una pequeña sonrisa amarga—. Ya deberías saber por qué.
No me da tiempo a seguir preguntando. Sale del despacho, con un andar errático que me deja con las palabras a medio formar.
Miro alrededor y veo a mi hermano junto a una de las ventanas, tan furioso y asombrado que no puedo evitar preguntarle.
—¿Sabes lo que significa eso?

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