TOMO 3. CAPÍTULO 180. Lo que haya que hacer
Logan
Espero a que la camioneta en que se va Lili desaparezca por la carretera, y luego me detengo frente a la inmensa máquina de hormigón que mencionó Anthony antes. El enorme tambor parece un monstruo dormido, esperando a ser activado.
Miro el botón rojo en el panel de control. Respiro hondo y mi mente llena de recuerdos de mi infancia, de las risas que compartí con Anthony, de los momentos en que lo vi como un hermano más. Y luego pienso en Liliana. En mis hijos.
Sin dudar más, presiono el botón.
El sonido de la máquina moviendo el tambor con hormigón rompe el silencio de la noche y luego comienzan los gritos que vienen desde el sótano y son desgarradores.
Los escucho mientras me siento al borde de la máquina de hormigón, viendo cómo va cayendo lentamente, cubriendo cada centímetro de la escotilla y de la superficie alrededor. Cincuenta toneladas no son pocas, no sé cómo funciona el condenado artefacto, solo que al parecer Anthony había pensado en esto lo suficiente como para dejarlo preparado.
Mis manos aún tiemblan por la adrenalina. Pienso en Anthony, en Carolina, en Ryker, en todo lo que hicieron, y en todo lo que casi logran. Pero cuando los gritos se intensifican, me doy cuenta de que Anthony debe haber encontrado la manera de liberar a los otros dos.
—Maldición... —murmuro, apretando la mandíbula.
Pero ya es demasiado tarde para ellos. La máquina sigue su curso, implacable, y no hay nada que puedan hacer para salir de ahí. La escotilla está ahora cubierta bajo varios metros cúbicos de hormigón, así que pueden golpearla todo lo que quieran, que no tendrán forma de salir.
Mi mente divaga mientras dirijo la máquina, asegurándome de que cada rincón quede sellado. Las voces se vuelven más frenéticas, más desesperadas. Luego empiezan a apagarse, demostrando que son varios metros ya los que cubren el área. Y entonces... silencio.
Dejo que el motor de la máquina siga un poco más, descargando hasta el último reducto de hormigón. No sé cuánto tiempo ha pasado, pero siento que mi cuerpo empieza a relajarse aunque mi mente no puede dejar de correr. Miro las manos que hace solo un rato empuñaban un arma, las mismas que abrazaron a mis hijos, y me digo que este es literalmente el “haré lo que tenga que hacer para mantener a mi familia a salvo”.
Apago la máquina y me siento en el suelo, apoyando la espalda contra una pila de ladrillos. El silencio del lugar es ensordecedor ahora que todo ha terminado, y la noche parece interminable.
Pasan quizás dos horas antes de que Ranger aparezca como una sombra silenciosa. Ni siquiera me doy cuenta de que está aquí hasta que se sienta a mi lado y extiende una botella en mi dirección.
—¿Whisky? —pregunta.
—Claro. —Lo tomo sin pensarlo. El alcohol arde en mi garganta pero lo agradezco. Me hace falta algo que me saque de mi cabeza, aunque sea por unos segundos.
Ranger no dice nada al principio. Solo se queda ahí, observando la superficie lisa de hormigón que ahora cubre el sótano.
—¿Cuánto tardarán en morir? —le pregunto finalmente, sin mirarlo y Ranger se encoge de hombros como si estuviera hablando del clima.
—¿Atrapados ahí abajo? —pregunta y yo asiento—. Probablemente se les acabará el aire respirable antes de que les dé tiempo a morirse de hambre a esos infelices.
Asiento lentamente, dejando que sus palabras se asienten en mi mente.
—No alcanza, ¿verdad? —pregunto después de un rato—. No alcanza para castigarlos por lo que hicieron.

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