TOMO 3. CAPÍTULO 171. Las peores venganzas
Liliana
El llanto de mis hijos me perfora los oídos y siento una furia que no puedo contener. Quiero destruirlo todo, a Carolina, a Ryker, a este lugar asqueroso. Quiero arrancar las cuerdas que me atan a esta maldit@ silla y tomar a mis bebés en brazos, pero no puedo moverme. Mis muñecas están quemadas por los forcejeos, y mis dedos han perdido toda sensibilidad. El miedo me tiene atrapada, pero es el llanto de ellos lo que me está matando.
De repente, Carolina entra a la habitación con ese andar triunfante suyo, como si el mundo le perteneciera. Me mira con una sonrisa venenosa y ordena que traigan a mis hijos. Dos hombres entran con las sillitas del coche y las dejan en el suelo frente a mí.
Mis bebés están allí, vivos, sanos, pero demasiado inquietos. Se mueven tanto que si no estuvieran bien asegurados ya habrían logrado salir de las sillitas. Mi pecho se alivia un poco al ver que no están heridos, pero la rabia y la desesperación me comen viva porque sé que esta gente no quiere dinero. Carolina es una perversa rencorosa a la que solo le interesa vengarse, y sé que no se medirá para causarme dolor.
Por desgracia tiene mis puntos débiles justo a mis pies.
—Mira qué adorables se ven —dice con una voz llena de falsa dulzura mientras se inclina hacia ellos—. Aunque si soy honesta, Liliana, se parecen demasiado a Logan, ¡y te advertí que eso sería un problema!
—Déjalos, Carolina. ¡Mis hijos no tienen nada que ver con esto! —le grito y mi voz sale como un graznido por la desesperación.
Ella se endereza y me mira con frialdad.
—Uy, cosita… claro que tienen que ver con esto. Son tuyos, ¿no?
Y eso quiere decirlo todo. Los lastimará por el simple hecho de que salieron de mí.
El tiempo pasa y medio de este terror absolutos y los gemelos siguen llorando. Intento calmarlos hablándoles en susurros, pero no puedo hacer mucho desde esta posición. Carolina parece disfrutar cada segundo de mi impotencia mientras entra o sale de la habitación dependiendo de qué le dé más gusto o qué tan harta esté su paciencia de escuchar llorar a los bebés.
No sé cuánto pasa porque no hay ventanas a mi alrededor y encima siento que estoy bajo tierra. Pero en cierto punto escucho voces afuera. Voces de hombres. Mi esperanza sube por un segundo, pero lo que entra por la puerta me congela el alma.
Es Ryker…
Se acerca a mí con pasos lentos y medidos y unos ojos llenos de odio. Sin previo aviso, me golpea en la cara con el dorso de su mano. Siento el sabor metálico de la sangre en mi boca, y la fuerza del golpe hace que mi cabeza caiga hacia un lado.
—¿Cómo te atreviste maldit@ estúpida? —escupe, inclinándose hacia mí—. ¿Cómo te atreviste a poner a la policía detrás de mí?
Paso saliva con sangre pero por más que quiera responderle sé que no estoy en posición de provocarlo, así que solo me quedo callada mientras su rostro se contorsiona de rabia.
—¡Te advertí lo que haría si te interponías en mi camino! —dice en un susurro venenoso. Se gira hacia las sillitas donde están los gemelos, y mi corazón se detiene cuando los ve como un monstruo mira a sus siguientes víctimas—. ¿Tienes idea de lo que me costó volver a construir una reputación confiable después de que tú y el cabrón infeliz de St Jhon me denunciaran? ¡Y encima te robaste mi dinero!... Pero vas a pagar por eso. O mejor dicho ¡ellos van a pagar por eso! —grita señalando a mis hijos—. ¡Los abriré en una mesa, aquí mismo frente a ti, para que veas cómo se mueren!
—¡No! —grito luchando con las cuerdas que me atan—. ¡Ryker, no te atrevas! ¡Por favor! ¡Por favor te lo suplico…!
Él se endereza y da un paso atrás, disfrutando de mi reacción, pero antes de que pueda hacer realidad su amenaza, las voces afuera vuelven a escucharse, y uno de los guardias entra, anunciando algo que apenas logro entender en medio de mi pánico.

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