TOMO 3. CAPÍTULO 170. Terror.
Logan
Siento un vacío en el pecho que no puedo describir. El terror me tiene inmovilizado por dentro, como si algo enorme y oscuro estuviera aplastándome. Miro mi teléfono por décima vez, pero no hay llamadas, ni mensajes, ni nada. Liliana no contesta, Beri no contesta, nadie contesta. Mi mente está llena de imágenes horribles de lo que podría estar pasando, y no puedo evitar pensar que si algo les pasa a Liliana y a mis hijos, yo... yo no sé si podría seguir.
Gemma está frente a mí, moviéndose de un lado a otro, impaciente. Tiene el rostro tenso, y eso me saca de mi parálisis momentánea. Me acerco a ella y la agarro por los brazos.
—¡Llámala! —le digo, con la voz rota por la desesperación.
Ella me mira, confundida.
—¿Qué?
—A Carolina. ¡Llámala, mándale un mensaje, lo que sea! —le digo, casi gritando.
—¿Estás loco? ¿Qué quieres que le diga? —pregunta, horrorizada.
—Dile que vas a encontrarte con ella, que quieres hablar, lo que sea que la haga responder. ¡Pero necesito saber dónde están Liliana y los niños! ¡Necesito saber si Carolina está planeando algo o si ya lo hizo! —aunque la verdad intuyo lo segundo.
Gemma duda, pero luego asiente lentamente, sin embargo antes de que pueda hacer ningún movimiento Arthur interviene, colocándose entre nosotros.
—No puedes confiar en ella, Logan —dice, fulminándola con la mirada—. Esto podría ser una trampa.
Gemma se da la vuelta y le lanza una mirada asesina.
—¿En serio, idiota? ¿Crees que si quisiera traicionarlo me habría molestado en venir a avisarle? —le espeta y es evidente que si se quedan solos terminarán matándose.
—Pues para nadie es un secreto que odias a Liliana —escupe Arthur y Gemma se cruza de brazos.
—¡Pues fíjate que no, aunque te reconozco que es un daño colateral! —escupe con molestia—. El que me cae mal es el tarado de mi hermano, pero ya se lo dije una vez: “perra” es una cosa y “asesina” es otra. ¿Entendido?
Los dos se quedan desafiándose con la mirada, como si estuvieran a punto de lanzarse al cuello del otro, pero yo no tengo tiempo para esto.
—¡Basta! —les grito, y ambos se giran hacia mí mientras encaro a Arthur—. Si tienes una mejor idea, dilo ahora mismo.
Él me mira, se pasa una mano por el cabello y de repente parece recordar algo.
—¡Liliana lleva un chip de rastreo! —dice como si acabara de darse cuenta—. Es pequeño, casi indetectable. Kolya puede encontrarlo.
—¡Entonces llámalo! —lo azuzo.
—¡Ya voy, ya voy…!
Pero antes de que pueda llamar, el teléfono de Arthur suena, y cuando contesta, sé que es Kolya porque lo escucho gritar al otro lado de la línea a través del altavoz.
“¡¿Qué demonios le pasó a mi esposa?!” vocifera Kolya con una voz llena de pánico. “Beri lleva un chip telemétrico y sus signos vitales mandaron una alerta. ¡Dime qué pasó, Arthur!”

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