TOMO 3. CAPÍTULO 169. Horas oscuras
Liliana
Subo a la camioneta con Beri y los bebés, asegurándome de que estén bien abrigados antes de que arranquemos. El trayecto hasta el centro de la ciudad es bastante animado y sé que comprar ropa para los bebés es solo la excusa, porque quiere hablarme de algún tema que no puede tocar en casa.
Beri me mira de reojo mientras revisa su teléfono y finalmente suspira.
—¿Me vas a decir qué pasa contigo y Logan? —pregunta de repente, rompiendo el silencio, y yo la miro sorprendida por la pregunta.
—Nada pasa con Logan…
Ella suelta una carcajada sarcástica, y con una mano se ajusta el cabello.
—Por favor, Lili. Lo veo en tu cara cada vez que estás cerca de él. Y, bueno, en la forma en que él te mira a ti...
—Estás imaginando cosas —le respondo, tratando de mantener la voz firme.
—¿Ah, sí? —dice, divertida—. Entonces explícame por qué aprietas los labios como si estuvieras tragando algo asqueroso cada vez que dice algo.
—¡Porque me cae mal!
—¡Porque no quieres sonreír como una tonta! —exclama ella muerta de risa—. Te gusta y lo sabes, y encima se les escuchó ayer.
—¡No es cierto!
Me sonrojo al instante, lo sé porque siento el calor en mis mejillas, pero intento disimularlo mirando por la ventana.
—¡Sí es cierto! ¡Esa cara de fresa reprimida me lo confirma!
—¡Beri, basta! —rezongo y ella niega con calma.
—Solo digo... Logan parece del tipo que no se rinde fácilmente —me dice—. Ya sé que tuvo su cuota de estupidez muy grave, pero al final no nos engañemos: él es el hombre que amas, así que nadie te va a reprochar su decides que quieres darle una segunda oportunidad y…
Pero no la dejo terminar porque de repente empiezo a sentirme extraña. Es como si mi pecho estuviera oprimido y mi estómago se revolviera sin motivo.
—Algo está mal —digo, frotándome las sienes mientras intento calmarme.
Beri me mira, preocupada.
—¿Qué? ¿Te sientes mal? ¿Ya encargaste a los hermanitos! ¡Joder eres rápida…!
—¡No, Beri, algo está…!
Trato de contestar pero en ese instante escucho un sonido seco, como un golpe fuerte, y luego el cristal de una ventana se astilla sin quebrarse. Antes de que pueda reaccionar, otra bala impacta contra la camioneta, haciendo que los bebés se sobresalten y empiecen a llorar.
—¡Nos están disparando! —grito, instintivamente inclinándome sobre mis hijos para cubrirlos con mi cuerpo.

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