TOMO 3. CAPÍTULO 148. Un hombre diferente.
Logan
Me despierto solo. La cama se siente más fría de lo que debería, como si la ausencia de Liliana hubiera dejado un vacío imposible de llenar. Me llevo una mano al rostro y dejo escapar un suspiro pesado, intentando despejar las imágenes de la noche anterior. Liliana mojada bajo la tormenta, sus palabras firmes, su mirada que parecía perforarme el alma.
"Voy a luchar contra lo que siento por ti toda mi vida."
Esa frase me taladra la cabeza. Me lo dijo tan segura, tan decidida, que no puedo hacer más que odiarme. Ella me ama, pero también me odia, y no puedo culparla por eso. Yo mismo sembré ese odio, y aunque lo que siento por ella es tan grande que no tiene nombre, sé que eso no basta.
Al menos logré advertirle sobre Carolina y el comisionado antes de que fuera demasiado tarde. O eso espero.
Me levanto de la cama con dificultad. Mi cuerpo todavía se siente pesado, como si la fiebre estuviera acechando, esperando el momento para volver. Así que me cambio lo más rápido que puedo y regreso a casa.
El ambiente está raro, tenso. Desde que entro por la puerta principal siento las miradas de los empleados que intentan fingir que no pasa nada, pero algo está fuera de lugar. Camino directo a mi despacho y apenas cruzo la puerta, Gemma aparece detrás de mí.
—¿Qué quieres? —le pregunto sin mirarla.
—Necesito hablar contigo, Logan —responde, y su tono es inusualmente serio.
La miro de reojo mientras se rasca la nuca, un gesto nervioso que no recuerdo haber visto en ella antes.
—¿Qué pasa ahora?
—De verdad no sabía que Carolina había amenazado a los hijos de Liliana —dice rápidamente, como si quisiera sacárselo de encima, y yo me giro hacia ella con el ceño fruncido.
—Mis hijos —la corrijo automáticamente.
Me sorprende que no cuestione mi afirmación, y me sorprende aún más que no haga ningún comentario sarcástico. En cambio, simplemente asiente, como si aceptara algo que siempre supo pero nunca quiso decir en voz alta.
—Lo que sea —continúa, encogiéndose de hombros—. Mira, sé que soy una perra, y lo admito… Pero humillar a alguien es una cosa, y amenazar con matar niños es otra. Tú sabes que yo no… ¡que yo no sería capaz de algo así!
La miro directamente a los ojos, intentando encontrar algo, cualquier cosa, que me diga que está siendo honesta.
—Yo ya no sé de lo que eres capaz, Gemma —respondo finalmente, dejando que el cansancio se refleje en mi voz—. Pero tampoco puedo culparte. Al final, yo mismo te permití hacer todo lo que le hiciste, y encima le hice cosas peores así que… ¿quién carajo soy yo para juzgar?
Ella parece frustrada, como si esperara otra respuesta, pero no sirve de nada insistir.
—Por favor, déjame solo. —le pido y ella se limita a soltar un suspiro y marcharse, dejándome con mis pensamientos.
Minutos después, Vincent entra sin tocar la puerta.
—Pareces un muerto caminando —dice, cruzando los brazos.


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