TOMO 3. CAPÍTULO 147. Un juego peligroso.
Liliana
Quiero golpearlo. Quiero empujar a Logan tan lejos de mí como sea posible, pero todo lo que consigo es sentirme mal conmigo misma. Mi corazón está en guerra con mi cabeza, y no sé en qué momento exacto empezó todo esto. ¿Cuándo me enamoré de él? Porque sí, estoy enamorada como una estúpida, siempre lo estuve.
Y aunque mi resolución de mantenerme firme y no permitirle regresar a mi vida sigue intacta, eso no puede cambiar los sentimientos.
Logan está volado de fiebre, tan perdido en su delirio que apenas puedo hacer que trague la pastilla que encontré en el botiquín de emergencias de la casa. Lo dejo bajo la ducha con el agua fría cayendo sobre él, esperando que eso ayude a bajar su temperatura, porque no estoy dispuesta a que me suba la mía.
Sin embargo no pasan ni diez minutos cuando siento sus brazos alrededor de mi cuerpo; y me abraza, como si aferrarse a mí fuera lo único que lo mantiene consciente.
—Te amo, Liliana —susurra, su voz se oye temblorosa por la fiebre y algo más—. Sé que todavía hay una parte de ti que me ama también. Tiene que haberla.
Me giro entre sus brazos y apoyo mis manos en su pecho, intentando apartarlo, pero me quedo inmóvil cuando lo escucho. Suena tan inseguro, tan vulnerable, que por un segundo me pregunto si tiene razón.
—Es cierto —admito finalmente, sintiendo que cada palabra me cuesta como si arrancara pedazos de mi orgullo—. Pero eso no cambia nada, Logan.
Él me mira con los ojos entrecerrados, la fiebre lo tiene al borde del agotamiento, pero aun así logra preguntar:
—¿Vas a luchar contra esto toda tu vida?
—Sí —respondo y mi voz es firme, aunque por dentro siento que me estoy haciendo polvo—. Voy a luchar contra lo que siento por ti toda mi vida, porque esta no es una novela de amor, Logan. La traición no se perdona.
Veo cómo las lágrimas llenan sus ojos, pero no dice nada. Llora en silencio, y eso duele más que cualquier palabra que pudiera haber dicho. Sus lágrimas me recuerdan todo lo que hemos perdido, todo lo que nunca seremos.
Con cuidado, le quito la ropa empapada, lo seco con la toalla y lo llevo a la cama. Está tan débil que no protesta, simplemente se deja caer sobre el colchón y cierra los ojos. Me quedo a su lado, vigilándolo durante toda la noche. Le cambio las compresas de la frente, le doy más pastillas cuando su temperatura sube de nuevo, y rezo para que la fiebre baje de una vez.
Cuando amanece, finalmente parece que está fuera de peligro. Su temperatura vuelve a ser normal, y su respiración es estable. Lo miro por un momento, aún dormido, y luego me levanto. No puedo quedarme más tiempo.
La tormenta por fin cedió y yo me marcho de la casa de la playa sin mirar atrás.
Al llegar a mi hacienda, Arthur me está esperando en la entrada. Se cruza de brazos y me observa con esa mezcla de curiosidad y sarcasmo que siempre lo caracteriza.
—¿Entonces? —me dice, arqueando una ceja—. ¿Necesitas la píldora del día después o la pala para enterrar el cuerpo?
No puedo evitar reírme ante su descaro.
—Eres un idiota, Arthur. ¡Y te estás poniendo muy confianzudo!
—Es parte de mi encanto. Desde que me dejaste tutearte eres oficialmente una hermana menor regañada y celada.
—¡Amén, hermano! —Le doy una palmada en el hombro y entro en la casa, pero levanto primero un dedo indeciso—. Si no sabemos nada del cucaracho para la tarde, entonces probablemente la pala.


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