TOMO 3. CAPITULO 146. Un hombre delirante
Logan
La tormenta cae con fuerza, y el sonido de la lluvia es apenas un eco sordo dentro de la casa. No me había dado cuenta de cuánto se había intensificado hasta que Liliana abrió la puerta. Afuera, el viento ulula, arrastrando el agua como si fuera una cortina espesa que no deja ver más allá de unos metros.
—No puedes irte con este clima —le digo, acercándome mientras ella intenta salir bajo toda esta lluvia—. ¡Pero Liliana ¿estás loca?! ¡Párate!
—¡La camioneta no está lejos, tengo que volver a casa! —me grita bajo el sonido de los truenos.
—¡Llegar a la camioneta es lo de menos! ¿No estás escuchando? ¡Maldición si es que pica! —Y lo digo en serio porque la lluvia es tan fuerte que pica en la piel—. ¡Entra a la casa!
—¡No, solo son unos met…!
—¡Que entres, carajo, te vas a enfermar! —le grito y se suelta con un gesto brusco.
—¡No soy tu prisionera, Logan! —responde sin mirarme y su tono está más helado que la lluvia.
—¡No, pero tampoco voy a dejar que te mates en esa tormenta! ¡Así que si de todas formas me odias, una raya más al tigre no lo va a matar! —gruño sujetándola y ella me fulmina con la mirada, pero no retrocede.
—¡Suéltame! —dice con firmeza.
—No —respondo con la misma intensidad, pero no voy a dejar que la discusión suba de tono.
Ambos levantamos la voz, las palabras se atropellan en el aire cargado de tensión y yo solo la subo sobre mi hombro a pesar de la punzada en mi costado. ¡Malditos perros!
—¡No soy una niña, Logan! ¡Sé cuidar de mí misma! —grita pataleando mientras vuelvo a la casa aguantándome las ganas de darle una nalgada.
—¿Ah, sí? ¿Y si el auto se desvía con la carretera inundada? ¿O si el viento te arrastra? ¿Qué demonios piensas hacer entonces?
—¡No es tu problema! —me grita, su rostro rojo de furia.
—¡Claro que es mi problema! —le grito de vuelta—. ¡Tú siempre vas a ser mi problema!
Ella parece desbordada de rabia, tanto que me cuesta creer que no me haya abofeteado todavía. Pero es porque no me alcanza a la cara, lo sé, apenas la baje me va a patear.
Y en efecto, apenas la descargo en el suelo del salón me mira como si evaluara dónde golpearme y yo pongo las manos por delante.
—¡Estoy jodido por todos lados! ¡Por donde quiera que me pegues me vas a hacer daño, así que haz el puto favor de controlarte, porque no voy a dejar que te vayas! —le espeto.
—¡Te odio, Logan! —dice entre dientes y sé, lo peor de todo es que estoy seguro de eso, porque me está matando.
Antes de que pueda detenerme tiro otra vez de su brazo y la beso. Es impulsivo, desesperado, pero no me importa. Por un segundo, ella se queda quieta, como si no supiera cómo reaccionar, pero en vez de apartarme bruscamente siento la mordida y me aparto solo.
—¡Joder! —gruño mientras me sangra del labio y nos miramos como dos escorpiones a punto de atacarse.
—¡Tú te lo buscas solo, no te quejes!
—Quizás —respondo, encogiéndome de hombros—. Pero prefiero que me odies aquí, viva, a que mueras en esa tormenta.
Ella me fulmina con la mirada, pero finalmente cierra la puerta de golpe y camina hacia el interior de la casa.
—Felicidades, Logan. Lo lograste. Estoy atrapada aquí contigo —rezonga.
—Genial —respondo, intentando suavizar la tensión—. Y ya que no podemos salir, sugiero que al menos nos sequemos antes de pescar una neumonía. Voy a encender la calefacción.
Sin esperar su respuesta, le doy la vuelta a la casa, hasta donde está el interruptor principal del sistema de calefacción. El viento y la lluvia me empapan en segundos, esta porquería no quiere funcionar y solo entiendo cuánto me estoy demorando cuando Liliana grita mi nombre. Por fin logro encenderla antes de volver a entrar.
Liliana está esperándome con una toalla en la mano, que me lanza sin mucha ceremonia.

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