TOMO 3. CAPÍTULO 140. Jugando sucio
Logan
Paso una semana sintiéndome como si un tren me hubiera pasado por encima y luego retrocedido para asegurarse de haber hecho suficiente daño. Las mordidas de los perros me arden, mi cabeza late como un tambor desafinado y la vacuna contra la rabia no es precisamente una caminata en el parque. Apenas puedo mantenerme en pie, pero al séptimo día Vincent irrumpe en mi habitación, con la cara más tensa de lo normal.
—Levántate, Logan. Tengo un mal presentimiento.
—¿Uno solo? —gruño, tratando de girarme para darle la espalda, pero Vincent me arranca las sábanas de un tirón—. ¡Maldición, yo soy un mal presentimiento con patas, déjame morir en paz!
—¡Es la fiesta en casa de Liliana! Lo del gobernador. ¿Recuerdas?
Eso me pone alerta, aunque me cueste admitirlo. Me siento en la cama y le lanzo una mirada incrédula.
—Y todo lo que pueda salir mal, saldrá mal —suspiro con impotencia antes de levantarme.
Me ducho como puedo, me visto como puedo y ni me peino. Si Liliana me viera de verdad pensaría que volví a las cavernas.
Y tengo que reconocer que solo quiero verla.
—¿Sabemos algo de lo que le pasó al veterinario? —pregunto mientras Vincent va en la escalera por delante de mí, como si tuviera miedo de que la bajara rodando.
—Los perros fueron accesorios, pero ni todas las mordidas lograron disimular la vértebra rota en su cuello —me comenta—. La policía lo declaró asesinato hace dos días. La cosa es quién lo hizo.
—¿Quién lo hizo? —lo increpo.
—¡Pues yo qué sé! ¡Si fuera adivino me compraría un billete de lotería, no resolvería asesinatos con la policía! —rezonga, pero su impaciencia y mis ganas de pegarle mueren cuando llegamos a la sala.
Para mi sorpresa, toda mi familia está ahí. Todos. Carolina, Gemma, Anthony, Christian, incluso mi padre. Recuerdo de repente que Vincent los hizo venir a todos por mi “desaparición”, pero no entiendo la parte en que están arreglados como si fueran a una boda real.
—¿Qué demonios está pasando aquí? —pregunto, mirando a Vincent.
—Liliana envió invitaciones para todos —responde, cruzándose de brazos con la mandíbula apretada.
—¿Qué? —murmuro, incrédulo.
—Personalizadas, para cada uno… excepto…
No dice nada más.
Anthony y Christian parecen emocionados como si estuvieran a punto de entrar a un parque de diversiones. Pero mi padre y Vincent se ven preocupados. Y entonces están Gemma y Carolina, ambas listas para la fiesta, con caras que solo puedo describir como “decididas”, al menos hasta que Anthony se adelanta, señalándolas con un dedo divertido.
—Escuché de buena fuente que ustedes dos no están invitadas —advierte y Carolina alza la barbilla con arrogancia, su mirada fija en mí.
—Pues yo soy la esposa de Logan. Así que voy con él a donde vaya.
Y Gemma, como siempre, no puede quedarse callada.

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