TOMO 3. CAPÍTULO 135. Una advertencia desesperada
Liliana
Estoy saliendo de mi oficina, todavía repasando mentalmente los números de los contratos que firmé esta mañana, cuando veo a Arthur venir apresurado por el corredor. Su rostro tenso es suficiente para saber que no trae buenas noticias. Me hace una señal para que regrese a la oficina, y ni siquiera me tienta ignorarlo y seguir con mi día, sé que esto no puede esperar.
—¿Qué pasa? —pregunto apenas cierro la puerta.
—El detective privado del comisionado está intentando meterse en la empresa —responde Arthur, con ese tono seco que usa cuando no quiere alarmarme, aunque claramente está preocupado.
—Déjalo —le digo mientras me dejo caer en mi silla de cuero negro.
Arthur frunce el ceño, como si no hubiera escuchado bien.
—¿Que lo deje?
—Sí, Arthur. Déjalo. —Me quedo pensativa por un segundo y sé que quizás es mi oportunidad para desenmascarar al sinvergüenza del comisionado—. Vamos a fingir que nos tragamos su nombre falso, contrátalo y ponlo en un puesto menor pero con acceso. Voy a hablar con Kolya para que me dé algo jugoso, y nos aseguraremos que de todo lo que encuentre sean registros falsos, facturas perfectamente ilegales, todo en el mayor desorden. Quiero que se sienta cómodo, que crea que está ganando.
—¿Y que le lleve todo eso al comisionado? —Arthur me mira con cautela.
—¿Y por qué no? —respondo.
—¿Qué estás planeando? —pregunta y yo sonrío.
—Nada extraordinario, solo comenzar con la pesca. ¿Él quiere cordel…? ¡bien! Entonces se lo voy a dar… por ahora. Quiero que empiece a hacer sus movimientos. Cuando alguien se siente confiado, suele bajar la guardia y cometer errores, y el comisionado no es la excepción.
Arthur se va con un movimiento de cabeza, aunque no sin lanzarme una última mirada de advertencia. Apenas sale, saco mi teléfono del escritorio y busco un número en la lista de contactos.
—Gobernador, qué gusto hablar con usted. —Mi voz suena dulce, amistosa, como si no estuviera en medio de un huracán personal—. Quiero invitarlo a una cena especial, a usted y a su familia.
Su respuesta es rápida y cortés porque ya me he asegurado de contribuir a su campaña de reelección para que así sea, así que por supuesto me asegura que no faltará.
Después de colgar, marco otro número: el del señor Braxton, porque sé que los hacendados deben estar comiéndose las uñas esperando noticias mías.
—Hola, señor Braxton, qué gusto hablar con usted. —Mi tono sigue siendo impecable, aunque más formal—. Quiero invitarlos a una reunión en mi casa la próxima semana. Vamos a hablar con el gobernador así que… espero que puedan asistir.
Ni siquiera se molesta en confirmar con nadie más. Directamente me dice que vendrán y en cuestión de pocos minutos las confirmaciones llegan una tras otra, y con eso, mi agenda está completa. Cuelgo el teléfono y tomo mi bolso, lista para regresar a la hacienda, porque mi plan acaba de adelantarse para la próxima semana y necesito hablar con Beri.
Pero apenas la camioneta llega a la entrada, veo algo que no esperaba: Logan está ahí, apoyado contra uno de los postes de la cerca. Desde lejos no tiene nada extraño, me bajo y estoy a punto de soltarle una grosería por estar acosándome, pero la historia de cerca es muy distinta. Su camisa está rota, manchada, y su rostro tiene esa mezcla de desesperación y rabia que me hace sentir un nudo en el estómago.
—¿Qué haces aquí? —le pregunto mientras me acerco, porque de verdad que ni me imagino la respuesta.
Él me mira, y por un segundo parece que va a decir algo, pero no lo hace. En su lugar, da un paso hacia adelante, tambaleándose, y es entonces cuando noto la mancha oscura en su costado.
—¡¿Estás sangrando?! —exclamo con los ojos muy abiertos.
—No es nada… —responde, aunque su voz suena débil, y ni siquiera alcanza a detenerme mientras le levanto el faldón de la camisa y veo la herida en su costado.
—¡¿Pero qué demonios…?!
—No es…
—¡Claro que es algo! ¡No seas idiota! Entra.


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