TOMO 3. CAPÍTULO 122. Solo porque mañana lo vas a olvidar…
Logan
La verdad se siente como una maraña en mi cabeza, como un nudo que no logro desenredar por más que tire de los hilos.
No hay duda: Derrick me mintió. Ahora la pregunta es: ¿en qué más me mintió ese día?
No se estaba acostando con Liliana y los gemelos no son suyos. Eso quedó bastante claro y es algo que me golpea como un ladrillo en la cara.
Y lo peor es que el maldito infeliz tiene razón: nadie me obligó a creerle a él. Liliana lo desmintió hace un año, y fui tan imbécil que no le creí. Y ahora... ahora estoy atrapado en este bucle de arrepentimiento y preguntas sin respuesta.
—¡Maldición! —gritó cerrando la puerta de mi habitación de un portazo y abriendo el pequeño bar.
El recuerdo de los gemelos me atormenta, sobre todo la imagen del niño y el eco de la voz de Vincent en mi cabeza, diciéndome que el varoncito es idéntico a mí cuando tenía esa edad.
¡Dios, no puedo sacarme eso de la cabeza!
Todo esto me carcome, y lo único que sé con certeza es que necesito respuestas. Liliana no quiere hablar conmigo, y honestamente, no la culpo. Pero eso no significa que pueda quedarme quieto.
Y cuando no sé qué hacer… hago lo más estúpido que puedo: bebo.
Para la madrugada ya estoy completamente borracho. No sé cuánto he tomado, pero es suficiente para que mi buen juicio desaparezca por completo. Estoy tambaleándome, apenas puedo mantenerme en pie, pero tengo esta idea fija en la cabeza que no puedo ignorar: hablar con Liliana.
Sí, eso es lo que tengo que hacer. Hablar con ella. Resolver esto.
Con una valentía alimentada por el alcohol, salgo al balcón de mi habitación. El viento es frío, pero apenas lo siento. Liliana está justo ahí, al otro lado, a tan solo unos metros de distancia. Es una idea estúpida. Lo sé. Pero cuando estás tan borracho la estupidez parece tener todo el sentido del mundo.
Así que me subo al barandal del balcón… y salto.
Ni siquiera sé dónde estoy pero hay un crista delante de mí y yo lo golpeo.
Una luz se enciende y yo sonrío… y Liliana grita cuando me ve en la ventana.
La abre, mira alrededor con expresión impactada y luego me empuja dentro de la habitación. Y yo, torpe y arrastrando las palabras, intento decir algo coherente; pero mi lengua no coopera. Estoy demasiado borracho para parecer mínimamente racional.
—¿Qué demonios haces aquí? —me grita, con los ojos abiertos como platos.
Intento levantar una mano, como si eso fuera a calmarla.
—Tenía… —balbuceo—... que hablar contigo.
—¡¿Saltaste del balcón?! ¡¿Estás loco o eres estúpido?! —Su voz está a un volumen que seguro despierta a medio hotel—. ¿¡Sabes qué?! ¡Mejor no me contestes!
Intento responder, pero las palabras salen atropelladas. Mi mirada vaga por la habitación, y entonces lo veo. Un hombre, durmiendo en su cama.
—¿Quién… quién es ese? —digo, señalando con un dedo tambaleante a la figura en la penumbra.

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