TOMO 3. CAPÍTULO 116. Una mujer precavida
Liliana
No necesito cargar más gasolina, pero aun así me detengo en una gasolinera que está casi vacía, y el aire salado de la costa llena mis pulmones mientras camino hacia la camioneta de Logan con un café caliente en la mano.
Veo su expresión confundida cuando golpeo en su ventanilla. Parece que no sabe si abrirla o simplemente encender el auto y largarse. ¿En serio esperaba que no lo viera cuando es tan obvio?
Finalmente, con movimientos tensos, baja el cristal y me observa como si estuviera loca.
—Aquí tienes, café para ti. —Le extiendo el vaso con una sonrisa neutral, como si esto fuera un encuentro casual entre viejos amigos.
Logan no toma el café de inmediato. Me mira fijamente, con la mandíbula tensa, y luego baja del auto, cerrando la puerta con más fuerza de la necesaria.
—¿A dónde diablos vas, Liliana? —Su tono está cargado de irritación, aunque sé que detrás de eso hay frustración, pura y dura. ¡Y me encanta!
Cruzo los brazos y le devuelvo la mirada con calma.
—Creo que la pregunta correcta sería: ¿A dónde diablos vas tú? —respondo, alzando una ceja y me divierte verlo perder la paciencia—. Pero creo que no lo sabes, ¿verdad? Porque para eso tendrías que saber a dónde voy yo.
Lo veo apretar los dientes, como si estuviera luchando por no decirme que me estaba siguiendo. Es tan evidente que casi me da risa, pero mantengo la compostura.
—¡No deberías andar por ahí sin seguridad! ¡Es peligroso!
—¡Ay, cariño, ¿estás preocupado por mí? —le pregunto con un puchero—. No tienes que hacerlo, pasé un tiempo en la cárcel así que… no necesito protección, además ya llevo toda la seguridad que necesito. —Lo digo con total naturalidad, señalándolo a él de arriba abajo con un pequeño movimiento de mi mano.
Logan frunce el ceño, y por un segundo parece confundido. Luego, sus ojos se entrecierran, y puedo ver el momento exacto en que comprende.
—¿Te refieres a mí? ¿Cómo…?
—Por supuesto. ¿No es eso lo que estás haciendo? —Sonrío, y doy un pequeño sorbo a mi propio café—. Eres demasiado predecible, señor St. Jhon —aseguro mirándolo a los ojos y juro que esa rabia que veo me calienta el cuerpo y todo lo demás—, si lo hubiera sabido antes me habría ahorrado muchas lágrimas, pero bueno… ¡ya sabes lo que dicen: mejor tarde que nunca!
Logan no responde. Su mirada me quema, pero no voy a darle el gusto de explicarle nada. La incomodidad es su castigo y yo lo estoy disfrutando.
—¿Entonces? —pregunta de nuevo, intentando recuperar el control de la conversación—. ¿A dónde vas?

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