TOMO 3. CAPÍTULO 117. Una entrevista inesperada.
Liliana
Me cruzo de brazos mientras el mayordomo toma la llave de mi suite y arrastra mi pequeña maleta hacia el ascensor, abriéndome el camino.
Siento la mirada de Logan perforándome la espalda, pero no me doy la vuelta. Sé que está colorado, que su orgullo está herido porque acabo de tratarlo delante de la gente como si fuera un… caballero de la vida galante.
Cuando cierro la puerta de mi suite, ya puedo imaginarlo negociando con el recepcionista para conseguir una habitación cerca de la mía. Porque, por supuesto, él no puede evitarlo.
Dejo mi bolso sobre el sofá de terciopelo antes de abrir las cortinas. Desde aquí, la vista de la bahía es impresionante, pero sobre todo veo que los balcones no están tan lejos uno del otro.
No me tomo mucho tiempo para instalarme; prefiero estar fuera, explorando, moviéndome. Salgo del hotel y camino por el paseo marítimo, dejando que la brisa salada acaricie mi rostro. Paso por pequeñas tiendas y cafés llenos de turistas. San Diego tiene su encanto, pero lo que más disfruto es la sensación de libertad que me da estar sola aquí.
Bueno… aparentemente sola.
Algunas horas más tarde, entro en una boutique con vitrinas relucientes que muestran vestidos de diseñador. Después de probarme un par de cosas, decido llevarme unos tacones y un vestido de coctel que me queda como un guante. Las empleadas son diligentes y amables, y justo cuando salgo les hago un gesto para que entreguen mis bolsas… a Logan.
Lo miro por el rabillo del ojo mientras la vendedora le pone mis bolsas en las manos, como si fuera lo más natural del mundo.
—Aquí tiene, señor. La señora ha terminado con sus compras.
Él frunce el ceño, claramente confundido, y me mira como si estuviera esperando una explicación.
—¿Qué? —pregunto alzando una ceja y encogiéndome de hombros—. Ya que me vas a seguir a todas partes, al menos hazte útil y lleva las bolsas.
Su expresión es una mezcla perfecta de incredulidad y consternación, imagino que le sea difícil creer que lo estoy tratando como si fuera realmente mi guardaespaldas o algo así, pero para mi sorpresa, no discute. Toma las bolsas y las mete en su camioneta mientras yo camino hacia ella con calma.
Sin decir una palabra, me subo al asiento trasero, como si él fuera mi chofer, y su mirada en el espejo retrovisor es un poema.
—Llévame a Paradise Cliff. —Mi voz suena despreocupada, como si diera órdenes a un empleado cualquiera, pero Logan gira hacia mí desde el asiento del conductor, el ceño fruncido.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: IMPERDONABLE