TOMO 3. CAPÍTULO 115. Un retrato de la niñez.
Logan
Sigo a Liliana hasta una de las haciendas más grandes del condado. Las luces de la entrada iluminan un terreno tan extenso que me cuesta creer lo que estoy viendo. Conozco esta hacienda y según escuché no se vendió por menos de catorce millones.
¿Cómo diablos pudo comprar esto?
No entiendo nada.
Todo lo que creía saber sobre ella parece desmoronarse cada vez que la veo, cada vez que escucho su nombre. Hay demasiado que no sé, y no tener el control me está matando.
Me quedo dentro de la camioneta, en la penumbra, observando desde la distancia. Puedo ver a los guardias en la entrada, moviéndose con una eficiencia que me pone en alerta. Esto no es solo seguridad básica. Esto es protección profesional.
Parece que Liliana tiene más enemigos que amigos, y estoy convencido de que yo soy uno de esos enemigos.
Finalmente, doy la vuelta y me alejo porque me doy cuenta de que no tendré una oportunidad para hablar con ella, y porque no quiero desquiciarme esperando a que Arthur Wexler se largue de aquí… porque todavía no lo ha hecho.
Cuando llego a casa, Vincent está esperándome en el porche con una expresión seria y baja la vista un momento antes de hablar.
—Carolina salió. Dijo que se iba a la casa de sus padres —me dice como si ni él mismo se creyera que tengo tanta suerte—. Según estuvo gritando, no podía soportar tu desconfianza.
Me río sin ganas, pasando junto a él para entrar y niego con la cabeza.
—Le he hecho cosas peores que desconfiar de ella, Vincent, y nunca se ha ido. —Le lanzo una mirada, y Vincent me la devuelve sin decir nada.
Por un momento el silencio entre nosotros es demasiado denso. Pero no hace falta decir más: los dos sabemos que Carolina debe tener otros motivos para irse; motivos que tal vez incluyan algo más que mi desconfianza.
Al día siguiente, me despierto temprano. Apenas dormí, y siento el peso de la noche anterior en cada músculo. Hay algo que no me deja en paz, necesito ver a Liliana.
Le digo a Vincent que averigüé dónde están las oficinas principales de BR Savage Tea en la ciudad y él frunce el ceño, como siempre que cree que estoy a punto de cometer una estupidez.
—OK, yo las localizo, pero voy contigo. —No lo dice como una sugerencia, y por un momento pienso en discutir, pero sé que tiene razón; porque lo último que necesito es perder la cabeza.
Las oficinas están en el centro de la ciudad, en un edificio moderno y lujoso. Aparcamos a un lado y no tengo que esperar mucho, porque apenas estamos bajando para entrar cuando Liliana viene saliendo del edificio con un bebé pequeño en brazos.
Por un instante, el mundo entero se detiene para mí.
A su lado, hay una mujer cargando a la niña que ya he visto antes. La niña del hospital. La de los aretes de fresitas.

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