TOMO 3. CAPÍTULO 114. Ratones a la ratonera
Liliana.
No pueden decir que no hay trampas perfectas. Eso lo aprendí en los últimos meses, solo tienes que conocer a alguien y ya sabrás exactamente cómo actuará en el futuro.
Por desgracia para Logan, su arrogancia es predecible, y sé exactamente lo que hará a continuación.
Pongo la típica excusa de que voy al baño, porque necesito un momento lejos de todas estas caras que intentan agradarme porque ahora saben quién soy. Y ese poder, esa ventaja que tengo sobre ellos, no deja de ser intoxicante. Vienen como ratones a una ratonera y encima lo hacen de buen grado.
Entro al baño y cierro la puerta detrás de mí. Me acerco al lavabo, apoyo las manos en el mármol frío, y miro el agua del grifo correr sobre ellas.
Y entonces lo siento.
Él está detrás de mí.
No necesito girarme para saberlo.
Es como si su presencia fuera un peso tangible en el aire, denso, cargado.
Así que ni siquiera me voy a la vuelta o lo miro antes de hablar.
—¿No crees que es un poco inapropiado seguir al baño a una mujer que no es tu esposa? —digo, con voz fría y controlada.
Mis ojos encuentran los suyos en el reflejo del espejo, y por un instante me atrevo a sostener su mirada. Los ojos de Logan me atraviesan como un cuchillo, llenos de preguntas que no está seguro si quiere hacer. Y entonces, antes de que pueda decir algo, me da la vuelta bruscamente y me pega a su cuerpo.
—Todavía más inapropiado…
—¿Cómo pasó esto, Liliana? —me interrumpe con una voz cargada de tensión—. ¿Cómo desapareciste? ¿Cómo te convertiste en la dueña de una empresa millonaria? ¡¿Qué demonios está pasando aquí!?
Por primera vez en mi vida su expresión de ogro no me da miedo.
—Eso ya no va a funcionar —le digo sacando mis brazos de entre sus manos con un gesto lento y displicente—. Si quieres asustar a alguien, búscate a alguien más.
—¡Te hice una maldit@ pregunta, Liliana! ¡¿Qué fue lo que pasó?! —gruñe arrinconándome contra el lavabo y no puedo evitarlo: me echo a reír.
Es una carcajada amarga, irónica. ¿De verdad espera que le responda?
—¿En serio, Logan? —le digo, sacudiendo la cabeza—. Dos cositas para ti, cielo: Una, ¿qué te hace pensar que voy a contarle mi historia a la persona que no me creyó? Y dos, ¿qué te hace pensar que tienes derecho a exigirme nada?
Doy un paso hacia él y me le acerco aún más, dejando que este calor se sienta de verdad.
—¡Eso no es justo! —responde, casi gruñendo; y veo su mandíbula tensarse y sus manos cerrarse en puños—. Había pruebas, Liliana. Había evidencias…



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