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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 909

La boda de Liana y Leonardo fue un despliegue de opulencia desmedida.

La lista de invitados incluía a la crema y nata de Ciudad del Norte.

Envuelta en un vestido de novia de alta costura, Liana desprendía un aura de triunfo absoluto.

Desde una esquina del salón, Ximena observaba la escena con una sonrisa cargada de desprecio.

Tanta celebración solo por ser la amante que logró quedarse con el puesto, pensó con asco.

Si su madre aún viviera, esta farsante jamás habría cruzado las puertas de la familia.

Al ver la sonrisa radiante en el rostro de su padre, sintió que el estómago se le revolvía. Era como si la memoria de su madre hubiera sido borrada por completo.

De pronto, sintió que los sacrificios de su difunta madre no habían valido absolutamente nada.

Y una duda venenosa se instaló en su mente: ¿De verdad su padre amó alguna vez a su esposa? Las lágrimas y promesas de los hombres eran, después de todo, una asquerosa mentira.

La llegada de Elena y Alejandro causó un revuelo instantáneo en el salón.

Como era de esperarse, acapararon toda la atención. La gran mayoría de los invitados no estaban ahí por Leonardo —cuya reputación como empresario era más que mediocre—, sino por la oportunidad de hacer contactos con Alejandro.

Quienes minutos antes adulaban a los recién casados, los dejaron con la palabra en la boca para ir a saludar a la verdadera pareja de poder.

La sonrisa de Liana se tensó.

Sabía que Alejandro era el rey absoluto del Grupo Vargas en ese momento, pero estaba convencida de que eso cambiaría. Planeaba usar toda su astucia para ayudar a Leonardo a usurpar ese trono y obligar a todos los presentes a arrastrarse ante ella.

Alejandro presentó a Elena a los magnates que se acercaron.

Muchos se quedaron sin palabras al descubrir que la mujer frente a ellos era la legendaria ejecutiva que había resucitado a Bruma Alta.

Durante semanas, los círculos sociales habían rumoreado sobre qué clase de mujer sería capaz de domar al inalcanzable Alejandro.

Ahora lo entendían todo.

Solo una mujer con esa mezcla letal de belleza, inteligencia y poder era digna de estar a su lado.

Elena escuchaba los elogios con humildad y una leve timidez.

Con una sonrisa educada, tomó una copa de champán de una bandeja cercana, intentando disimular su incomodidad.

Sin embargo, Alejandro le arrebató la copa con un movimiento suave pero firme.

—Mesero, tráigale un jugo a mi esposa, por favor —ordenó.

Diana le guiñó un ojo con complicidad.

La mayoría de los invitados más antiguos recordaban perfectamente la época en que Leonardo vendía la imagen del esposo perfecto y devoto de Ofelia.

Era su sello personal, algo que la prensa adoraba publicar.

Por eso, ver a Leonardo casándose con una mujer que ya le había dado un hijo mayor y que estaba embarazada de nuevo, era un chiste de mal gusto que todos fingían no notar.

De repente, la pantalla gigante parpadeó y se fue a negros.

Elena y Alejandro intercambiaron una mirada cómplice y sonrieron.

Liana frunció el ceño, a punto de ordenar a gritos a su asistente que arreglara el fallo.

Pero la imagen regresó. Y no era una fotografía de bodas.

Era un video de seguridad. En la pantalla, aparecía la propia Liana, parada en un rincón oscuro de los jardines de un hospital.

Se le veía entregándole un pequeño frasco a un sujeto con aspecto sospechoso.

—Paloma aún no despierta. Pon este medicamento en su suero ahora mismo —ordenaba la voz de Liana, clara y nítida en los altavoces del salón.

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