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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 1175

Hoy era el cumpleaños veintiocho de Sofía Vargas.

También se cumplían tres años desde su divorcio con Máximo Zaldívar.

Máximo seguía viajando por todo el mundo, siempre en reuniones de negocios.

Sofía, por su parte, ahora era la directora de proyectos de una de las sucursales más importantes del Grupo Vargas.

Ambos parecían haber vuelto a ser dos líneas paralelas que jamás se cruzarían.

Al salir de la oficina, Sofía revisó su celular y vio un mensaje de su madre.

«Hija, te compré un pastel. Dime a qué hora llegas para decirle al chofer que te espere abajo con él.»

Desde aquel desastroso cumpleaños en el que su madre intentó imponerle un prometido a la fuerza, Sofía no había vuelto a organizar ninguna fiesta ni a celebrar su día.

Sin embargo, en estos últimos dos años, su relación se había suavizado un poco. La señora Vargas no se atrevía a mencionarle lo de organizar una fiesta, pero nunca dejaba de enviarle un pastel.

Al llegar a su casa, el chofer ya la estaba esperando en la puerta de la villa y le entregó la elegante caja.

—Feliz cumpleaños, señorita.

Sofía sonrió con amabilidad.

—Muchas gracias.

Con el pastel en las manos, se dio la vuelta para entrar a su casa.

De pronto, escuchó pasos detrás de ella. Pensando que el chofer había olvidado algo, se giró, pero quien estaba allí de pie era Máximo.

Llevaban tres años sin verse.

Cada vez que Máximo regresaba al país e iba a cenar a casa de Alejandro, Sofía siempre buscaba una excusa para no estar presente.

Al tenerlo frente a frente, Sofía sintió cómo un nudo familiar y amargo se le formaba en la garganta.

Había creído que el tiempo borraría los sentimientos, pero se dio cuenta de que no había podido sacarlo de su corazón.

Máximo llevaba un impecable traje oscuro que resaltaba su porte elegante y esa vibra inalcanzable que siempre lo caracterizaba.

Pero, al mirarla, la frialdad de sus ojos se desvaneció, dando paso a una profunda ternura.

Había cambiado muchísimo.

Aquella muchachita dulce, explosiva y un poco ingenua había madurado por completo.

Ahora llevaba un corte de cabello moderno y su estilo gritaba ejecutiva de alto nivel.

—Te he mandado un regalo de cumpleaños cada año, ¿por qué nunca me respondiste los mensajes? —preguntó Máximo en voz baja.

Sofía sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

¿Qué sentido tenía responder?

Estaban divorciados. Ya no había razones para mantener el contacto.

Al ver que ella guardaba silencio, Máximo no insistió. Simplemente extendió la mano y le ofreció una cajita de terciopelo.

—Este es el regalo de este año.

—Gracias —murmuró Sofía tomándolo, y luego, forzando una sonrisa, añadió—: Que tengas buena noche, Máximo.

No hizo el menor ademán de invitarlo a pasar.

Máximo sintió una punzada de decepción en el pecho.

Pero justo cuando ella estaba a punto de cerrar la puerta, soltó la pregunta que lo atormentaba.

—Sofía... ¿por qué me pediste el divorcio?

Llevaba tres años dándole vueltas a esa maldita pregunta.

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