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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 1173

Milena Valiente llevaba semanas peleada a muerte con su suegra. Sumado a eso, descubrió que Eustaquio Rosas andaba en coqueteos con su secretaria. Llena de rabia, había agarrado sus maletas y regresado a la casa de sus padres. Ya llevaba quince días ahí, y Eustaquio ni siquiera se había dignado a ir a buscarla, y mucho menos a pedirle perdón.

Por su parte, Rosalía Valiente no había tenido una pelea explosiva con Diego Romero, pero la situación no era mejor. Diego casi no pisaba la casa; se la pasaba refugiado en la casa de la familia Romero en Ciudad del Río o con su hermana mayor en Ciudad del Norte.

Rosalía lo llamaba y él simplemente la mandaba a buzón.

Harta de rogar, tomó a su hijo y se fue a pasar la fiesta familiar a la mansión de los Valiente.

Ese mismo sábado se celebraba la boda de Silvia Valiente. Al ver el absoluto fracaso matrimonial de Milena y Rosalía, Silvia sintió que el pánico comenzaba a apoderarse de ella.

¿Su vida de casada también sería un infierno de gritos y abandonos?

Pero rápidamente se convenció de que ella era diferente.

Era mucho más astuta que Milena y Rosalía; estaba segura de que sabría mover las piezas para tener un matrimonio envidiable.

Además, en su mente, no podía perder contra Elena Navarro. Tenía que proyectar una imagen de felicidad mucho más perfecta que la de ella.

*

Silvia les había enviado una invitación de boda a Elena y Alejandro.

Pero, como era de esperarse, ninguno de los dos apareció.

Elena no quería respirar el mismo aire que la familia Valiente, y Alejandro respaldaba cada una de sus decisiones.

Para los Valiente, la actitud de Elena era una absoluta falta de clase.

Sentían que le estaban tendiendo una rama de olivo, y les indignaba que Elena los pisoteara ignorando la invitación.

Tanto Eustaquio como Diego se presentaron en la boda.

Al fin y al cabo, eran los yernos de la familia Valiente. Por más destrozados que estuvieran sus matrimonios puertas adentro, tenían que guardar las apariencias frente a la alta sociedad.

Milena se aferró del brazo de Eustaquio y ambos montaron su clásico numerito de pareja de ensueño.

Ya no se soportaban como al principio, pero los unía un hijo y, sobre todo, una vanidad colosal. El divorcio no era una opción para ninguno de los dos. Aunque vivieran agarrados de las greñas el resto de sus vidas, jamás firmarían los papeles.

Rosalía y Diego, en cambio, estuvieron juntos pero ni siquiera cruzaron miradas.

Ya ni se molestaban en actuar; parecían dos extraños esperando en la fila del banco.

Al ver a Silvia caminar hacia el altar, del brazo del novio y con una sonrisa radiante, a Milena y Rosalía se les cruzó el mismo pensamiento oscuro por la cabeza:

Silvia estaba a punto de entrar a la misma cárcel dorada que ellas.

Pronto empezarían las peleas, la frialdad, la distancia, pero seguirían obligadas a dormir en la misma cama, atadas por las apariencias.

En el fondo de sus corazones, ambas deseaban que ese día de miseria llegara pronto.

Si ellas no podían ser felices, Silvia, que era de la misma sangre, tampoco merecía serlo.

*

Esa noche, Rosalía y Diego volvieron a casa.

La niñera ya había acostado a Maxi.

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