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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 1174

Rosalía se frotó las sienes, se enderezó en el sofá y le preguntó:

—¿Todavía no te has ido?

Por lo general, él evitaba pisar esa casa a toda costa. Que estuviera allí a esa hora era algo insólito.

Diego sacó unos papeles de su saco y los arrojó sobre la mesa de centro. Sus ojos eran dos pozos de hielo.

—Quiero que me expliques esto. ¿Cómo te atreviste a traicionarme, Rosalía?

Al ver que se trataba de una prueba de paternidad, Rosalía no mostró ni una pizca de pánico. Lejos de asustarse, soltó una carcajada que resonó con total ligereza.

—Vaya, por fin te diste cuenta. Y yo que pensé que ibas a tardar hasta que el niño entrara a la universidad para notarlo.

Diego apretó los puños, con los ojos inyectados en sangre por la furia.

—¿Por qué diablos me mentiste?

Rosalía sacó un cigarrillo de la cajetilla, lo encendió con calma y le dio una larga calada.

Jamás se había sentido tan liberada en su vida.

En el fondo, durante todo este tiempo de matrimonio miserable, había deseado con ansias que llegara el día en que él descubriera la verdad.

—Dices que te traicioné... pero, ¿acaso alguna vez fuiste mío? Esta casa la compré yo. Los mejores proyectos de tu empresa, los conseguí yo. Y a este hijo, lo parí yo. ¿Qué pusiste tú en esta relación? Jamás me diste ni una gota de cariño ni estabilidad emocional. ¡Por Dios, estar casada contigo ha sido exactamente lo mismo que estar soltera!

—¡Eso no justifica que me hayas engañado y me hayas querido pasar el hijo de otro!

Ningún hombre soporta que le pongan los cuernos y menos con un engaño de ese calibre.

Rosalía lo miró con una expresión de absoluto desdén.

—A ver, atrévete a pedirme el divorcio. Sabes que no tienes las agallas. Te conozco mejor que nadie, Diego. Tu empresa sobrevive gracias a mí. Además, eres estéril y Maxi está muy enfermo, con suerte llegará a los dieciocho años. Si haces público que el niño no es tuyo, serás el hazmerreír de todo el mundo y tu reputación se irá por el caño. En este jueguito, tú necesitas este matrimonio mucho más que yo.

Para ella, él era solo un accesorio para mantener las apariencias frente a la sociedad.

Pero él dependía de ella para mantener su estatus y su orgullo.

Diego la fulminó con la mirada, respirando con dificultad.

Ella tenía toda la razón.

Y precisamente por eso lo tenía amarrado de las manos.

Para un hombre como él, admitir públicamente que era infértil y que lo habían usado como fachada era una humillación peor que la muerte.

Al ver que no se atrevía a mencionar la palabra divorcio, Rosalía soltó una risita burlona.

—Eres un cobarde, Diego. Nos toca quedarnos atados el uno al otro hasta que la muerte nos separe.

Diego dio media vuelta y se encerró en el despacho.

Cuando la puerta hizo clic, se dejó caer en el sofá. La rabia y la impotencia lo consumían, amenazando con asfixiarlo por completo.

Pero estaba acorralado; no podía hacerle absolutamente nada a Rosalía.

Sacó su celular y abrió la galería para mirar unas viejas fotos de Elena.

De repente lo entendió todo. Él lo había tenido todo desde el principio.

Una mujer que lo amaba con devoción y la posibilidad de tener una familia real, sana y hermosa.

Él mismo, con sus propias manos, había hecho pedazos su felicidad.

Y ahora, como castigo divino, pasaría el resto de sus días atado a una mujer que detestaba, financiando la vida de un niño que no llevaba su sangre.

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