Aquel día, Renato notó cómo sus compañeros de clase lo miraban con envidia.
Caminaba por el campus luciendo los zapatos de diseñador que Viviana le había comprado, y, muy en el fondo, una chispa de vanidad se encendió en su pecho.
Era un joven brillante. Tras graduarse, logró ser admitido en una prestigiosa universidad en el extranjero para hacer su doctorado.
Viviana siguió financiando su vida y sus estudios sin dudarlo.
Con el paso del tiempo, el rechazo inicial que Renato sentía hacia ella se transformó en una dependencia innegable.
Tenía que admitir una dura verdad: el brillante futuro que tenía por delante había sido construido con el dinero que ella ganaba siendo una amante. Y esa deuda de gratitud pesaba sobre él.
Al ver a Renato tan distante y sumido en sus pensamientos, Viviana le preguntó con suavidad:
—¿Qué pasa? ¿Tienes problemas en el trabajo?
Viviana sabía perfectamente que Hugo la pisoteaba a su antojo, y ella había vendido su dignidad a cambio de lujos.
Su única válvula de escape emocional era atormentar a esos familiares hipócritas que la juzgaban.
Cada vez que iban a mendigarle dinero, ella disfrutaba humillándolos con guante blanco. Le fascinaba ver cómo se retorcían de vergüenza antes de lanzarles los billetes en la cara.
Pero Renato era la excepción. A él le tenía un cariño especial.
Por supuesto, el hecho de haber invertido tanto en él no era desinteresado.
Él era el único miembro de la familia con un doctorado de una universidad extranjera de élite, y lo había logrado única y exclusivamente gracias al dinero de Viviana.
¡Ja! El gran orgullo de la familia, el chico perfecto, financiado con el dinero de la amante a la que tanto escupían.
Sin ella, todos ellos no serían absolutamente nada.
Renato era su trofeo, su obra maestra. Lo usaba para demostrarle al mundo que ella valía algo.
Era como si, al patrocinar el éxito de ese joven, pudiera lavar un poco la culpa de haberse robado el marido de otra y haber destruido una familia.
Renato suspiró, sacándola de sus pensamientos.
—No es el trabajo. Es solo que... creo que no podré cumplir con lo que me pediste.
Las palabras de su prima le dieron justo en el orgullo, y sintió cómo las mejillas le ardían de vergüenza.
Era cierto que él había tenido sus aventuras, pero siempre había tenido claro que el día que se casara, lo haría con una mujer decente, tradicional y que jamás hubiera tenido otra pareja.
Su moralidad le impedía aceptar a una esposa que hubiera estado en la cama de otro hombre.
Sentir algo por Elena iba totalmente en contra de todo lo que él consideraba correcto.
Viviana, notando su conflicto, se inclinó hacia adelante con una sonrisa perversa.
—Renato, admítelo. Solo te atrae su cara bonita, ¿no es así? Haz la prueba. Llévala a la cama. Te aseguro que, después de acostarte con ella un par de veces, te darás cuenta de que no es la gran cosa y perderás el interés por completo.
Renato lo meditó por un instante y sintió que ella tenía razón.
Con su porte, su atractivo y sus títulos académicos, nunca le habían faltado mujeres dispuestas a todo.
En el pasado se había obsesionado con novias muy hermosas, pero esa chispa de pasión siempre se apagaba poco a poco después de haber intimado con ellas un par de veces.
Estaba seguro de que lo que sentía por Elena no era más que un capricho pasajero. Si lograba tenerla, seguramente se aburriría rápido.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Me gustó mucho esta novela, bastantes enemigas tuvo la protagonista, pero me gustó como terminó; me hubiera gustado saber más de como se casó Sofia y en qué terminó Diana. Pero le doy 9 de 10....
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....