—Pero, gerente... —balbuceó la vendedora, con el rostro pálido como el papel—. ¡No es justo! ¿Por qué? Yo no hice nada malo.
El gerente la fulminó con una mirada llena de repulsión.
—¿Que no hiciste nada malo? ¿Te parece poco el trato que le diste a estas clientas? No solo les faltaste al respeto, sino que fuiste una mentirosa y te pusiste del lado de otra persona. En la Galería Ramírez, la experiencia del cliente es sagrada, y tú acabas de ensuciar el prestigio de toda la tienda.
—Pe... pero era el señor Ramírez. ¡No podía llevarle la contra! —intentó justificarse ella, con los ojos llorosos.
El gerente soltó un bufido.
—¿Y antes de que él bajara? ¿Qué estabas haciendo?
Sin esperar respuesta, el hombre se volvió hacia Erika y sus amigas, les dedicó una sonrisa llena de disculpas y se alejó rápidamente.
La vendedora se quedó clavada en el piso, temblando mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas. Los clientes que antes se habían sorprendido por los privilegios de Tania, ahora murmuraban en su contra, criticando su mala actitud. Al no soportar la presión, la chica salió corriendo entre llantos.
Martina seguía sin entender nada. Estaba a punto de exigirle respuestas a Erika cuando el guardaespaldas se acercó de nuevo. Hizo una leve inclinación ante Erika y dijo con tono respetuoso:
—Lamento mucho el mal rato que pasó. Con su permiso, me retiro a seguir con mis labores.
Martina miró al hombre gigante alejarse y luego volteó hacia Erika, casi desesperada.
—Eri, por el amor de Dios, ¿me vas a explicar qué acaba de pasar?
Erika le sonrió con total calma.
—Primero terminemos de comprar. Cuando terminemos, nos vamos a tomar un café y ahí les cuento todo.
Martina y Amelia cruzaron miradas, encogiéndose de hombros, y aceptaron el trato.

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