—Hecho. Y más te vale no echarte para atrás cuando pierdas —dijo Luciana.
Erika sonrió levemente y caminó con total seguridad hacia el grupo de hombres. Martina sentía un nudo en el estómago; no tenía idea de qué as bajo la manga guardaba su amiga, pero no le quedó más remedio que seguirla.
—¿Lo ves? Es Ricardo —susurró Erika.
—¡Ay, Eri! Cuando me guiñaste el ojo, pensé que ibas a usar tus encantos para seducirlos a todos.
Erika soltó una pequeña carcajada.
—Por favor, a mi edad ya no estoy para usar "mis encantos".
—¡Uy, claro que sí! Tienes encanto de sobra.
—Bueno, bueno, tú tampoco te quedas atrás.
Entre risas, ambas llegaron frente al grupo de hombres. Erika se quitó las gafas de sol, se aclaró la garganta y dijo:
—Ricardo, cuánto tiempo sin verte.
Al reconocerla, los ojos de Ricardo se iluminaron de sorpresa. Dejó su palo de golf a un lado y se acercó de inmediato.
—¡¿Erika?! ¿Qué haces tú por aquí? Ven, siéntate con nosotros. Estos son unos amigos, dejen que se los presente.
Erika hizo un gesto con la mano para declinar amablemente.
—No te preocupes, no nos sentaremos. En realidad, vine a pedirte un favor.
Saludó brevemente a los otros tres hombres y luego añadió:
—¿Ves a esa chica de allá? Acabo de hacer una apuesta con ella.
Ricardo sonrió con curiosidad.
—¿Qué apostaron?
Erika le resumió la situación rápidamente. Ricardo asintió con una sonrisa cómplice.
—Pan comido. Observen cómo lo hago.
Dicho esto, Ricardo se volvió hacia sus amigos:


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