Erika le dio un leve codazo.
—¡Pero ante todo eres mi amiga!
Martina puso de repente una expresión dramática de tristeza y suspiró.
—Ay, esa famosa Villa Luna Blanca... parece que no tendré la suerte de vivir ahí. Se nota que muy pronto tendrá un dueño.
—¡Martina, basta! —la fulminó Erika con la mirada, aunque sus mejillas se tiñeron de un rojo intenso.
Martina se sentó de golpe en la orilla de la cama y empezó a hablar con una emoción incontenible.
—¡Tienes que saberlo! Tu suegra, la señora Silvia, desde que despertó se ha plantado aquí para cuidarte. ¡Ay, por Dios! Te miraba con una angustia que superaba incluso a la de tu propia madre. Aunque claro, no paraba de murmurar... —Martina levantó un dedo e imitó el tono de Silvia—: «Muchacho tonto, tienes pésimo gusto, te fuiste a conseguir a una despistada. Menos mal que los niños salieron a mí y son brillantes».
Martina volvió a darle palmaditas emocionadas a Erika.
—¡Y hay más, hay más! Valerio estuvo sentado justo donde estoy yo ahora, inmóvil como una estatua. Nadie logró moverlo de aquí...
—Ya, ya fue suficiente —Erika agitó la mano para detenerla—. Veo que te compraron. Ya no somos tan amigas como antes.
—Oye, mientras tú seas feliz, no me importa que dejemos de ser uña y carne.
Erika soltó una risa amarga y le dio otro ligero golpe. Bromearon un rato más hasta que Martina, con su habitual tono pícaro, cambió de tema.
—Por cierto, te actualizo mi telenovela: puse las cartas sobre la mesa con Julián. La excusa del idiota fue que se compadeció de Raquel por un momento, pero que no hay nada entre ellos. La verdad, ya ni me molesto en prestarle atención. Y luego está Gustavo Moreno... resulta que todos estos años en el extranjero estuvo controlado por su madrastra, lo encerraba a menudo y eso lo llevó a una depresión severa. Ahora que se curó, regresó al país a buscarme. Ay... todo este drama amoroso me tiene la cabeza a punto de estallar.
—Marti —le aconsejó Erika con voz dulce—, solo sigue lo que te dicte el corazón.
—Sí, eso creo. Bueno, ya es hora de irme. Mira la sombra en la puerta de cristal esmerilado; hay cierto individuo paseándose de un lado a otro que seguramente ya me está maldiciendo. ¡Me voy! ¡Hablamos por teléfono!
Tan pronto como terminó la frase, Martina se levantó y corrió hacia la puerta. Aunque Erika la llamó, su amiga no miró atrás.
La habitación se sumió de golpe en el silencio. Valerio entró con semblante sereno, caminó directo hacia la silla junto a la cama y sirvió un poco de un caldo nutritivo de un termo en un pequeño tazón. Lo sopló suavemente hasta que alcanzó la temperatura ideal, tomó una cucharada y se la acercó a los labios a Erika.
—Vamos, toma un poco. Mi madre lo preparó especialmente para ti.
Erika dudó un segundo antes de tomar el pequeño tazón con lentitud.
—Yo... yo puedo tomarlo sola.
—De acuerdo —respondió Valerio con un tono suave y complaciente. Luego, con una ligera sonrisa, comenzó a relatarle los hechos con calma—: Le diste tu chaqueta a mi madre y el frío se te metió en el cuerpo. Cuando te den el alta mañana, tendrás que cuidarte mucho en casa.
—Lorena Jiménez, Vanesa Gutiérrez y Tania Quiroz ya fueron entregadas a la policía. En cuanto a Camilo Ríos, supongo que ya estás al tanto de sus acciones y de su relación con Ricardo. Por suerte no te hizo daño físico, pero Ricardo se encargará de rescindir el contrato que tenía con tu estudio.
—Ah, sobre el lugar al que cayeron, para que no te asustes, pedí que le tomaran fotos. Era un foso creado por excavaciones artificiales; es bastante profundo, pero tiene una pendiente en el fondo, por eso no fue peor.
—Y como acabas de ver, mi madre está perfecta. No tienes de qué preocuparte.
Erika tomaba pequeños sorbos del caldo, escuchándolo en silencio, aunque sin atreverse a mirarlo a los ojos. Ahora mismo, le intimidaba la intensidad de su mirada...
Cuando terminó de comer, Valerio tomó una toalla tibia y le limpió con delicadeza la boca y las manos.


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