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La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón romance Capítulo 968

Erika vio las manos de los dos hombres descender hacia ella. Tragó saliva, forzándose a mantener la última gota de cordura que le quedaba, y les suplicó:

—Escuchen... ella les está pagando por esto, ¿verdad? Yo tengo dinero. Tengo muchísimo dinero. ¡Les daré la cantidad que me pidan!

Antes de que los hombres pudieran responder, la voz espectral de Lorena sonó desde atrás:

—No le hagan caso. Mantiene a tres hijos, ¿de dónde va a sacar dinero de sobra? ¿Desde cuándo los millonarios tienen que ir a cumplir un horario de oficina? Además, se los advierto: si se atreven a traicionarme, me los llevaré a la tumba conmigo. Desde que empecé esto, no tenía planeado salir viva.

Sus palabras fueron dichas con una frialdad absoluta, pero la falta de emoción daba escalofríos. Era la amenaza de alguien que ya no tenía nada que perder.

La desesperación se apoderó de Erika, quien apresuradamente volvió a hablar:

—Si me secuestran, la condena no será tan grave, pero si me tocan, jamás saldrán de prisión en toda su vida. ¡Valerio es millonario, y yo soy la madre de sus hijos! Él les pagará lo que sea. Ustedes saben quién es, ¿verdad? Aten a esa loca, sáquenme de aquí y juro por mi vida que no presentaré cargos. Haré que Valerio les dé dinero suficiente para tres vidas...

La voz de Erika se quebró en un llanto ahogado. Había usado todas las cartas que tenía a su disposición.

Los dos hombres cruzaron miradas, indecisos. Justo cuando no sabían qué hacer, la puerta de la fábrica fue derribada de una violenta patada.

Las lágrimas de Erika brotaron incontrolables. Giró la cabeza hacia la entrada, esperando ver a Valerio o a la policía, pero el corazón se le volvió a hundir. Quienes entraron no fueron ellos...

Eran Vanesa Gutiérrez y Tania Quiroz, acompañadas de varios hombres de aspecto rudo.

El grupo irrumpió como una tormenta. Se lanzaron directamente sobre Lorena, propinándole una brutal golpiza a patadas y puñetazos, para luego levantarla a la fuerza y atarla a una silla.

Vanesa, apuntándola con el dedo, le gritó furiosa:

—¡Eres un monstruo, una maldita víbora! ¡Me compraste con dinero para que testificara a tu favor y, apenas me di la vuelta, enviaste a alguien a robármelo! ¡Fui una completa imbécil al confiar en una escoria como tú!

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