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La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón romance Capítulo 971

—¡Sujétate fuerte! ¡No te sueltes! —gritó Silvia a todo pulmón. Se dejó caer de sentón en el suelo, agarrando el brazo de Erika y tirando su cuerpo hacia atrás para usar todo su peso, pero simplemente no tenía la fuerza suficiente para subirla.

—¡Intenta balancear los pies! ¡Fíjate si hay algún lugar donde puedas apoyarte! —La voz de Silvia temblaba de angustia.

Erika comenzó a mover las piernas lentamente. Cuando la punta de su zapato tocó algo sólido, se apresuró a decir:

—¡Sí, encontré algo! Contaré hasta tres y entonces tiras con todas tus fuerzas.

—De acuerdo.

Erika apoyó la punta del pie en la superficie dura y exclamó:

—¡Uno, dos, tres!

Pero justo al gritar el tres y cuando Silvia hizo el mayor esfuerzo por jalar, la roca en la que Erika se apoyaba se desmoronó. La pérdida repentina de apoyo hizo que todo el peso recayera de golpe sobre Silvia, quien no solo no pudo subir a Erika, sino que resbaló bruscamente hacia el borde junto con ella.

Un sudor frío empapó a ambas. La respiración de Silvia era pesada y errática; era evidente que sus fuerzas estaban a punto de agotarse.

Erika no se atrevió a moverse ni un milímetro. Si volvía a pisar en falso, existía el riesgo de arrastrar a Silvia con ella hacia el abismo. Si el fondo era demasiado profundo, las consecuencias serían fatales.

—Señora... señora Silvia, suélteme... no la culparé —dijo Erika con la voz entrecortada por el llanto—. Por favor... cuide de mis hijos.

Silvia apretó los dientes y, con un esfuerzo sobrehumano, gruñó:

—¡No digas tonterías! Lo intentaremos de nuevo. Agárrate fuerte de mi mano y no me sueltes por nada del mundo, ¿me escuchaste?

Erika soltó un murmullo tembloroso en señal de afirmación.

Buscó de nuevo un punto de apoyo. Esta vez, la pared no cedió. Centímetro a centímetro, con una voluntad de hierro, Silvia logró arrastrar a Erika de vuelta a la superficie.

Ambas colapsaron en la tierra, respirando con bocanadas desesperadas de aire.

Minutos después, Silvia tanteó en la oscuridad hasta encontrar a Erika.

—¿Cómo estás? ¿Te lastimaste?

Erika sentía que algo le había raspado las piernas y, por la humedad, sabía que estaba sangrando. Tragándose el dolor, respondió con voz ahogada:

—No, estoy bien. Gracias por no... por no soltarme.

—¡¿Y por qué lloras?! ¡Sé un poco más valiente! —la regañó Silvia, jadeando. Luego, se dejó caer de espaldas en el suelo y empezó a murmurar con fastidio—: Ya verás, en cuanto regresemos, haré que mi hijo termine contigo para siempre...

—Ni siquiera sabes distinguir cuando alguien trata de ser amable contigo, y encima no puedes ni caminar sin caerte a un hoyo. Ay, Dios mío, casi dejo la vida aquí por tu culpa...

—No entiendo qué te vio Valerio...

—Me muero de hambre. Fui a llevarte el almuerzo y no quisiste comer. En esa caja también iba mi comida, así que me quedé sin almorzar... y ahora sin cenar...

—Soy una dama de alta sociedad, ¿cuándo en mi vida había tenido que pasar por un martirio como este?

Acostada en el suelo, escuchando las quejas incesantes y desordenadas de Silvia, Erika descubrió que, sorprendentemente, no le molestaban en lo absoluto.

Al recordar la actitud de Silvia en los últimos días y compararla con el pasado, se dio cuenta de que realmente estaba intentando acercarse a ella. Aunque sus palabras seguían siendo afiladas, sus acciones y su mirada eran completamente distintas...

¿Acaso Valerio le había lavado el cerebro a su madre?

Erika miró el cielo nocturno mientras un torbellino de recuerdos pasaba por su mente.

Cuando Silvia se cansó de hablar, murmuró con voz exhausta:

—No sé si esto es un cráter o un barranco, y no se ve absolutamente nada. Es muy peligroso intentar movernos ahora. Nos quedaremos aquí acostadas hasta que amanezca. Mi hijo seguro nos encontrará.

—Está bien, lo que usted diga —respondió Erika suavemente.

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