Al escuchar que la llamaban vieja, Martina perdió la paciencia. Si Erika no hubiera respondido primero, ella ya habría destrozado a esa chiquilla insolente. Martina la miró con desdén y le soltó:
—Puede que seamos un poco mayores que tú, pero somos más altas, tenemos mejor piel y, en cuanto a figura... bueno, mírate, estás plana como una tabla.
—¡Tú! —Luciana se puso roja de furia y jaló la camisa de Sebastián—. ¡Sebastián! ¿Escuchaste cómo me hablan? ¡Te están faltando al respeto incluso a ti!
Sebastián, visiblemente frustrado, suspiró.
—Basta ya, Luciana, no hagas un escándalo. Son compañeras de trabajo.
Pero Luciana no pensaba rendirse.
—¿Qué compañeras? Tú eres el vicepresidente corporativo del Grupo Ramírez y ella solo es la gerente de una filial. Su puesto no es nada comparado con el tuyo. Además, tu relación con el señor Ramírez...
—¡Suficiente! —la interrumpió Sebastián con voz severa—. Ve al área de descanso, tengo que responder una llamada.
Sebastián les dedicó una sonrisa de disculpa a Erika y Martina, y se alejó unos pasos con el teléfono en la mano.
Erika, harta de la actitud irracional de Luciana, no quería seguir perdiendo el tiempo allí. Se dio la vuelta y dijo:
—Martina, vámonos al área de descanso a tomar algo.
—Sí, vámonos —respondió su amiga.
Pero Luciana, decidida a no dejarlas ir tan fácilmente, dio un paso al frente y les bloqueó el paso.
—¿A dónde van? ¿No decían que venían a pescar millonarios? Si logran que uno de esos hombres de allá venga a hablarles, me rindo ante ustedes.
Martina le entregó su palo de golf al caddie y torció los labios en una sonrisa fría.
—Hazte a un lado, niñita. No te vengas a hacer la arrogante conmigo solo porque tu novio tiene un puesto alto. Su cargo no me impresiona en lo absoluto.
Dicho esto, Martina se acercó a Erika y le susurró:

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