Martina le dio un consejo lleno de seriedad:
—Solo ten un poco más de cuidado cuando salgas. Además, ya te mudaste a Villa Luna Blanca y tienes guardaespaldas, no hay por qué tener miedo. Los niños también están bajo su protección, ¿verdad? Todo estará bien. La culpa de esto la tengo yo por haber perdido mi teléfono. Dejé que esa basura se aprovechara de la situación.
Al tocar ese tema, Martina se molestó, golpeó el volante y exclamó con frustración:
—Todo es culpa del imbécil de Gustavo Moreno. Te juro que sospecho que él fue quien armó todo ese circo del juego en el escenario.
—¿Cómo va a ser tu culpa? No te mortifiques —la consoló Erika con una sonrisa triste—. Él estaba en el escenario, ¿cómo iba a controlar las luces para que te apuntaran exactamente a ti? Por cierto... ¿De verdad sientes algo por Julián? A veces me da la impresión de que Gustavo es como ese ciclo que nunca cerraste. ¿No has pensado en darle otra oportunidad?
Martina se quedó en silencio un momento antes de responder:
—Solo Dios sabe con qué intenciones regresó, pero no me interesa actuar en un drama romántico con él. En cuanto a Julián... él también me tiene agotada. Siento que tiene un complejo de inferioridad enorme cuando está conmigo. Y como yo no soy precisamente la mujer más delicada del mundo, a veces hablo sin pensar y termino pisándole el ego. Sinceramente, estaba mucho mejor sola. Tengo que buscar el momento para aclarar las cosas con él.
Erika asintió con comprensión.
—Es normal que se sienta así. Él no tiene tu mismo puesto ni gana lo que tú. Para un hombre, lidiar con eso y sentir inseguridad es bastante común. Pero es tu vida y tú debes decidir qué hacer. Como siempre me dices: mientras tú seas feliz, yo te apoyo. Lo único importante es que no te sacrifiques por nadie.
—Tienes razón —asintió Martina—. Ya casi llegamos, no olvides tu bolso.
Poco después, ambas bajaron del auto y entraron a las instalaciones del campo de golf.
El sol bañaba el césped impecable y la suave brisa otoñal traía un aroma limpio y refrescante.
Después de cambiarse de ropa y ponerse sus gafas de sol y gorras, se dirigieron al área de práctica. Martina tomó un palo de golf y demostró un swing perfecto.
—Mira, Eri. Inclinas un poco el cuerpo, dejas que los brazos se muevan naturalmente y luego golpeas con fuerza.
La pelota trazó un arco perfecto en el aire y aterrizó muy lejos sobre el pasto.
Erika observó la destreza de su amiga y no pudo evitar sentir un poco de envidia.



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