El pánico se apoderó de Erika, quien corrió a golpear desesperadamente la ventana de la camioneta. Pero el hombre no dudó un instante: pisó el acelerador y se perdió entre la maleza.
Silvia observó el vehículo alejarse, luego miró el oscuro entorno y balbuceó aterrorizada:
—¡Esa maldita de Tania Quiroz! ¡¿Pretende dejarnos aquí para que nos muramos de frío... o de hambre?!
Erika no pudo evitar murmurar por lo bajo:
—¿Apenas se da cuenta de la clase de persona que es? Si hubiera logrado meterla en la familia Ramírez, esa mujer habría destruido todo el imperio desde adentro.
—¡Tú! —Silvia frunció el ceño y le reprochó ofendida—: ¡¿Te atreves a burlarte de mí?! ¡Yo que soy tan buena contigo, y tú te ríes en mi cara!
Erika se quedó perpleja. La miró de reojo y preguntó:
—¿Exactamente cuándo ha sido buena conmigo?
—Y-yo... todos estos días he ido a la villa para ayudarte a cuidar a los niños... y... ¡incluso te pelé camarones! ¡Hoy fui hasta tu oficina para llevarte el almuerzo! —exclamó Silvia, con los ojos muy abiertos y un tono defensivo.
Erika desvió la mirada hacia el bosque.
—Hizo todo eso porque quería ganarse a los niños y arrebatármelos.
—¡¿Qué dices?! —Silvia se plantó frente a ella, cruzada de brazos—. ¡¿Eres tonta o de verdad crees que soy una bruja malvada?! Y-yo... ¿acaso mis intentos de hacer las paces no fueron lo suficientemente claros?
Erika la miró con genuina sorpresa.
—¿Qué... qué quiere decir con eso?
Silvia resopló, avergonzada, y apartó la mirada agitando una mano.
—Olvídalo, olvídalo. Eres demasiado tonta, no tiene caso hablar contigo. Mejor busquemos una salida, quién sabe qué clase de animales salgan en este lugar de mala muerte por la noche.
Erika no dijo nada más. Mantuvo la vista al frente buscando algún sendero, pero en su mente seguían resonando las palabras de Silvia, a quien miraba de reojo de vez en cuando.
—¡¿Por qué me miras tanto?! Mi cara no es un mapa —le espetó Silvia, a la defensiva.

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