Al llegar frente a ella, se acuclilló y, de un tajo limpio, cortó la cuerda que ataba los tobillos de Erika. Sin embargo, no liberó sus muñecas.
Tania tiró bruscamente del brazo de Erika, obligándola a levantarse. Aún con la navaja en la mano, le ordenó con voz fría:
—¡Camina! ¡Si intentas resistirte, no tendré piedad!
Erika tragó saliva. Echó un vistazo rápido a los guardaespaldas de Tania; no tenía alternativa. Tania no parecía tener intenciones fatales, o al menos, no pretendía hacerle lo que Lorena había planeado...
Sometida por Tania, Erika fue empujada hacia el exterior de la fábrica y obligada a caminar hacia una camioneta pickup. Cuando Tania abrió la puerta, Erika se quedó helada.
Dentro del vehículo estaba Silvia Ramírez, con los ojos llorosos, moviendo los labios en un intento desesperado de hablar, pero sin emitir sonido.
Tania empujó a Erika por la espalda con violencia.
—¡Sube de una vez!
Erika tropezó y cayó al interior de la camioneta. Silvia se arrastró de inmediato para ayudarla a incorporarse antes de que Tania cerrara la puerta desde afuera con un fuerte portazo.
Apenas se acomodó, Erika vio a Tania alejarse de vuelta hacia la fábrica y le hizo señas frenéticas a Silvia para que intentara abrir la puerta de su lado. Silvia negó con la cabeza con tristeza.
—No pierdas el tiempo. Tiene seguro. Y mira por tu lado, hay un hombre vigilando. Es imposible escapar. Ay... y ni siquiera sé dónde terminó mi bolso. Mi hijo debe estar vuelto loco buscándonos. Espero que logre rastrearnos hasta aquí.
Erika miró a su alrededor y dejó escapar un suspiro de frustración.
—Pero, ¿qué pasó? —preguntó ansiosa—. ¡Le dije que corriera!
Silvia forcejeaba inútilmente para aflojar las cuerdas de Erika mientras le explicaba entre sollozos:
—Por este terreno baldío solo hay un pequeño sendero. Corrí por ahí y me topé de frente con la camioneta de Tania Quiroz. Me trajeron de vuelta.
Erika cerró los ojos con fuerza. ¡Y ella que tenía sus esperanzas puestas en que Silvia llamaría a la policía! Míralas ahora...

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