Erika apenas asintió cortésmente y se dio la vuelta, lista para seguir con su juego.
Sin embargo, Sebastián no tenía intenciones de marcharse. Sus ojos permanecían fijos en ella, recorriendo con descaro su espectacular figura.
Aunque Erika llevaba gafas de sol, era evidente que su rostro era hermoso, y la ropa deportiva resaltaba sus curvas envidiables, su cintura estilizada y sus largas piernas. Era imposible no mirarla.
Sebastián se aclaró la garganta, buscando desesperadamente cualquier excusa para mantener la conversación.
—¿Es tu primera vez jugando?
Erika solo esbozó una sonrisa distante y no respondió. Ese tipo de acercamientos por parte de desconocidos no le interesaban en lo absoluto; de hecho, le resultaban bastante molestos.
Justo en ese momento, Martina se acercó. Había captado de inmediato las intenciones de aquel hombre y lo miró con burla.
—¿Qué pasa? ¿Intentando coquetear, señor Solís?
Sebastián se quedó helado por un segundo, pero rápidamente recuperó la compostura y sonrió.
—Vaya, si es la gerente Martina. Qué casualidad. ¿Es amiga tuya? Solo vi que su pelota rodó hacia allá y quise ser amable y devolvérsela.
Martina esbozó una sonrisa sarcástica.
—¿En serio? ¿Y viniste a jugar sin tu adorable noviecita, Luciana Pardo? ¿Por eso tienes tanto tiempo libre para coquetear con otras mujeres?
Una sombra de incomodidad cruzó el rostro de Sebastián, pero logró disimularla rápidamente.
—Vaya, hablando del rey de Roma... —murmuró Martina, señalando con la barbilla hacia el fondo.
A poca distancia, una joven pequeña y con un maquillaje impecable caminaba hacia ellos. Llevaba un vestido polo blanco y su cabello largo caía en una coleta alta que le daba un aire muy juvenil.
Sus ojos recorrieron a Martina y a Erika con evidente desdén antes de engancharse del brazo de Sebastián, mostrando una sonrisa de superioridad.
—Sebastián, mi amor, ¿quiénes son estas mujeres? —preguntó Luciana con una voz exageradamente dulce, pero con un claro tono de reproche.
Sebastián frunció el ceño, luciendo muy incómodo.
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