Erika le palmeó la mano con ternura.
—Qué bueno... María, puedes estar tranquila aquí. Cuando seas mayor, yo me encargaré de cuidarte.
Los labios de María temblaron de la emoción.
—No diga eso, no, señorita. El señor Ramírez me dijo que los niños se quedaron con la familia Ramírez y que mañana los traen. Ay, muero de ganas por ver a esos angelitos. Has sufrido mucho estos años.
Erika asintió.
—María, sígueme diciendo Eri, igual que hace un momento. —Luego, jaló suavemente la mano de Martina—. Ella es mi mejor amiga, ¿la recuerdas?
María asintió varias veces, sonriendo.
—Claro que sí, me acuerdo perfectamente. Vengan, pasen a la casa, les prepararé algo de tomar.
Martina observó a su alrededor y sonrió.
—No, gracias. La verdad quiero caminar un poco por aquí con Eri.
—Ah, muy bien, muy bien. Pero la propiedad es gigantesca, se van a cansar si caminan. Vengan conmigo por un carrito.
Al ver que María se adelantaba, Martina frunció el ceño, confundida.
—¸Acaba de decir... un carrito?
Intrigadas, siguieron a la mujer hasta un edificio anexo a la casa principal que parecía un garaje. Al abrir las puertas, ambas se quedaron pasmadas de nuevo.
Había seis carritos impecablemente estacionados, similares a los de golf. Un hombre de mediana edad que estaba en la entrada hizo una reverencia y explicó:
—Son muy fáciles de manejar. Este es el freno y este el acelerador. No superan los veinte kilómetros por hora.
Diciendo esto, el hombre le entregó unas llaves a Erika.
—Señorita Milán, si gusta probarlo.
Erika dudó un instante, pero se subió y lo probó; efectivamente, era muy sencillo.
El hombre se acercó de nuevo.

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