Erika salió lentamente a la terraza de la casa principal. Miró a la distancia, sintiendo que todo era un sueño.
El paisaje nocturno de la propiedad parecía una pintura espectacular. Los jardines estaban tan iluminados que casi parecía de día.
A lo largo de los senderos, los faroles brillaban como perlas, guiando el camino con un resplandor cálido que transmitía una paz inmensa.
En el jardín, luces de colores adornaban los arbustos, creando un ambiente mágico, sereno y sumamente romántico.
De pie ahí, Erika no pudo evitar reflexionar sobre los abrumadores beneficios de tener dinero.
—Eri, ya casi es invierno, la noche está muy fría. Es mejor que entres —le aconsejó María desde atrás.
Erika asintió. Apenas entró a su habitación, su celular comenzó a sonar. Era Valerio Ramírez.
—Eri, ¿ya estás en la casa? ¿Te gustó?
Erika respondió un poco incómoda:
—Todo esto es demasiado lujoso, y hay tantos guardaespaldas, empleados... todo esto...
—Si a ti te gusta, a los niños también les encantará —la interrumpió Valerio con firmeza—. No te preocupes por lo demás, el sistema de seguridad es el más avanzado. Y desde los ventanales de tu recámara tienes la mejor vista.
Erika no pudo evitar mirar hacia los enormes cristales. Caminó lentamente hacia ellos.
—Gracias... ¿Ya están dormidos los niños? No los escucho por ningón lado.
Valerio dudó un segundo antes de responder:
—Sí, ya se durmieron. Yo... estoy aquí, afuera del portón. ¸Crees que pueda pasar? Necesito hablar contigo de algo.
Temiendo que ella se negara, se apresuró a añadir:
—Solo te digo lo que te tengo que decir en la sala y me voy.
—Está bien, bajo en un minuto —accedió Erika. Colgó el teléfono, se puso un suéter ligero y bajó las escaleras a paso rápido.
En su pecho sentía una mezcla de emociones. La llegada repentina de Valerio la había tomado por sorpresa y la llenaba de un nerviosismo difícil de explicar.

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