El presentador miró las pulseras y, en un arranque de inspiración para encender aún más a la audiencia, propuso:
—Ya que estas joyas son tan especiales, ¿qué les parece si la señorita Martina y el señor Gustavo se las ponen mutuamente para hacer de este un momento verdaderamente inolvidable?
El público no se hizo de rogar; estalló en gritos de apoyo y aplausos eufóricos.
Sin embargo, Martina se quedó congelada en su sitio. Estaba rígida. Juró por dentro que después se encargaría de hacerle la vida imposible a ese presentador entrometido.
Por su parte, Gustavo caminó con paso firme y seguro hacia el asistente, tomó la pulsera de mujer y se acercó a Martina.
Tomó la mano de ella con absoluta delicadeza y colocó la cadena sobre su muñeca.
Sus movimientos eran sumamente cuidadosos, y su mirada cargada de ternura no se apartó de la piel clara de su brazo.
Con extrema suavidad, pasó la pulsera alrededor de su muñeca; la fina joya se deslizaba entre sus largos dedos como una cinta de seda.
Luego, sostuvo el pequeño broche con la otra mano, inclinó ligeramente la cabeza y se concentró en engancharlo.
Fue entonces cuando se acercó a su oído y murmuró:
—Siento como si te estuviera poniendo el anillo de compromiso.
Dicho esto, se enderezó de inmediato.
Martina se quedó sin palabras.
Justo al cerrar el broche, sus dedos se detuvieron una fracción de segundo, negándose a soltar su mano.
Y cuando Martina por fin hizo el ademán de alejarse, él bajó el rostro y le depositó un beso suave y lento en el dorso de la mano.
El roce imprevisto la hizo dar un pequeño salto, y sintió cómo el calor le subía al rostro en un instante.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón