Cuando Gustavo hizo aquella declaración tan atrevida frente a cientos de personas, las alarmas de Julián se dispararon por completo. El pánico lo invadió.
Hacía apenas unos minutos, Julián había buscado en internet los perfiles de los invitados VIP, y el currículum de Gustavo Moreno lo dejó helado: era un representante artístico de primerísimo nivel.
Tenía un poder absoluto en la industria del entretenimiento en Oricalco, manejaba redes de contactos impresionantes y los recursos suficientes para convertir a un don nadie en una superestrella de la noche a la mañana.
Su nombre imponía respeto. Desde celebridades consagradas hasta actores novatos, todos bajaban la cabeza ante él.
Y ahora que había vuelto al país, era obvio que planeaba expandir su imperio aquí.
¿Y él? ¿Qué era Julián? Apenas un simple asistente de Martina.
Su rutina diaria consistía en seguirla a todos lados, organizarle la agenda y resolverle problemas sin importancia.
No tenía fama, ni dinero, ni un estatus del que pudiera presumir. Su vida era solo trabajo duro y cansancio.
Por el simple hecho de ser el novio de alguien tan exitosa como Martina, ya cargaba con un profundo complejo de inferioridad.
Siempre sintió que no estaba a su altura. Ella era preciosa, inteligente y brillante, mientras que él era dolorosamente común. Y la aparición de un hombre tan imponente como Gustavo solo hizo que sus inseguridades ardieran con más fuerza.
Al ver que el presentador seguía hablando y los participantes aún no bajaban del escenario, Julián se levantó en silencio. Tomó el bolso de Martina que había quedado en la silla y caminó entre las butacas hacia el área de descanso.

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