Valerio soltó una risa sarcástica.
—¿Más discreta? ¿Y cuál era esa gran idea? ¿Obligar a Erika a seguir aguantando el veneno y las burlas de tus tíos? Además, cuando la bomba estalló, ¿quién asegura que ustedes no la iban a juzgar a ella por encima de todo?
La furia ardía en la mirada de Valerio. No estaba dispuesto a permitir que nadie pisoteara a Erika, ni siquiera su propia familia.
Erika observó la tensión entre los dos hombres, completamente en blanco, sin saber cómo intervenir.
Valerio se volvió hacia ella. Sus ojos se suavizaron, revelando una profunda ternura.
—Eri, tu hermano habló sin pensar. No dejes que eso te quite la paz. Créeme, si hubiera estado en tu lugar, yo habría destruido a Yolanda sin el menor pudor.
Erika sintió un leve hormigueo en el estómago. Era una sensación difícil de explicar. *¿Será esto lo que se siente tener a alguien que te defienda a capa y espada?*
Leonardo, tras bajar la mirada y guardar silencio un instante, volvió a mirarlos a ambos.
—Eri, acepto que lo que dije estuvo mal. Hablé desde el dolor y fui un egoísta al no ponerme en tu lugar. Por favor, no te enojes conmigo —se disculpó, con el corazón en la mano.
Valerio le sostuvo la mirada, en silencio. Mientras no volviera a atacar a Erika, estaba dispuesto a mostrarle un mínimo de cortesía.
—No pasa nada, Leo —respondió Erika suavemente—. Entiendo por qué te duele, pero te pido que también entiendas mis decisiones.
Leonardo asintió con la cabeza.
—Toda esta locura te debió dejar agotada. Con el ambiente que hay adentro con nuestros tíos, supongo que ni loca quieres quedarte a almorzar. Ve a tu casa a descansar. Mañana te voy a visitar.
Sin siquiera despedirse de Leonardo, Valerio tomó a Erika del brazo y la guio hacia la salida.
—Vamos a comer los dos. Yo mandaré a alguien por tu auto.


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