—¿Una vergüenza? —Erika soltó una carcajada cargada de sarcasmo—. ¿Acaso tú dictaste la ley de que quien se casa no puede divorciarse? ¿Y qué si tuve a mis hijos fuera del matrimonio? ¿Acaso les estoy pidiendo para comer? ¡No soportan verme de regreso, pero yo también llevo la sangre de la familia Romero! Esta es mi casa y tengo todo el derecho de estar aquí. ¡¿Con qué autoridad se atreven a difamarme?!
—Ja, qué palabras tan nobles. ¿Acaso no regresaste solo por el dinero? —Stefania se levantó del suelo, clavándole a Erika una mirada envenenada de odio—. Eres una maldita interesada que solo busca exprimir a la familia Romero. ¿No te da suficiente vergüenza usar a unos mocosos para sacar dinero? ¡Y todavía quieres venir a robarnos nuestra herencia!
Erika clavó sus ojos en Stefania, con un evidente asco en su mirada.
—¿No te quedó claro con los golpes? ¿Quién te enseñó a tener la boca tan suelta?
Stefania se quedó helada por un segundo, pero de inmediato alzó el brazo, lista para devolverle la bofetada.
Erika apenas había levantado la mano para detenerla cuando una voz magnética y profunda resonó desde la entrada:
—Qué animada está la familia Romero. Todos unidos en manada para intimidar a la nieta mayor.
Las miradas de todos se dispararon hacia la puerta. Ahí, con la imponencia de un dios descendiendo a la tierra, apareció Valerio Ramírez.
Llevaba puesto un impecable traje oscuro hecho a la medida. Cada pliegue de su camisa y su pantalón parecía esculpido con precisión, ajustándose perfectamente a su figura alta y musculosa.
La excelente calidad de la tela desprendía un brillo frío y elegante bajo las luces del salón, proyectando un aura de nobleza y superioridad absolutas.
Sus pasos eran lentos pero devastadores; cada pisada resonaba en el mármol como un martillazo directo a los nervios de los presentes.
El eco de sus finos zapatos de cuero marcaba un ritmo implacable.
Sus ojos, afilados como los de un halcón, recorrieron gélidamente a la multitud. Esa mirada, cargada de una autoridad absoluta y salvaje, hizo que una presión invisible y aplastante cayera sobre los hombros de cada persona en la sala.
Detrás de él, caminaba un grupo de guardaespaldas vestidos rigurosamente de negro.
Todos eran hombres formidables, con rostros de piedra y miradas letales.
Su sola presencia era como un muro de acero. Emanaban un aura intimidante, dejando en claro que, con solo un gesto de Valerio, desatarían el infierno sin titubear.



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