—Mario, sé muy bien que, al vender artículos tan costosos, no se hacen responsables una vez que salen del mostrador. Conozco las reglas. Y en cuanto a las cámaras, usted sabe perfectamente a quién sobornó para borrar los videos. ¿Cree que no sé quién fue? O mejor dicho, si conozco tan bien sus políticas, ¿por qué cree que he venido a buscarlo de todas formas?
Mario se quedó paralizado. Su corazón empezó a latir con fuerza y un destello de pánico cruzó por sus ojos, pero rápidamente recuperó la compostura y respondió con tono pacífico:
—El malentendido que tiene conmigo es inmenso. ¿De dónde sacaría yo tanto poder? Señorita, difamar a otros de esta manera es un delito.
Una sonrisa asomó en los labios de Erika. Se enderezó lentamente, alzó una ceja y respondió:
—¿Ah, sí? Así que conoce la palabra "delito". Le advierto: si vine a buscarlo, es para darle una oportunidad. Depende de usted si la toma o la deja. Tiene cinco minutos.
Tras decir eso, Erika guardó silencio y se sentó despreocupadamente junto al mostrador al lado de Martina.
En ese momento, se acercaron un par de clientes a mirar las joyas. Erika les dirigió una sonrisa amable y dijo:
—Las joyas que venden aquí son falsas. Miren, estoy reclamando mis derechos.
Martina no perdió el tiempo y secundó el comentario:
—Estas piezas no son nada baratas, tengan cuidado de que no les roben su dinero.
Al escuchar eso y ver la joya agrietada sobre la vitrina, los clientes fruncieron el ceño y se alejaron meneando la cabeza con desagrado.
Mario se puso verde de la rabia. Toda su amabilidad anterior se esfumó, y la señaló indignado:
—¡Ustedes! ¡Si siguen así, llamaré a seguridad!
Erika, sin perder ni un segundo la calma, replicó:



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