A la mañana siguiente.
Erika y Martina llegaron al mostrador del centro comercial donde vendían piedras preciosas.
De pie frente a la vitrina, Erika le habló a la empleada con una voz gélida e intimidante:
—Llama a Mario.
La empleada las miró de arriba abajo. Viendo sus expresiones severas, supo que no venían a comprar nada, así que asintió rápidamente y se alejó corriendo.
Poco después, el gerente Mario se acercó. Al ver a Erika, mostró una amplia sonrisa y la recibió de manera amigable:
—Vaya, pero si es la hermana de la señorita Romero. ¿Qué modelo busca hoy?
Con el rostro serio, Erika estampó la caja de El Sabio de la Longevidad sobre el cristal de la vitrina:
—Mario, ¡¿cómo explica esto?!
Mario frunció el ceño y preguntó desconcertado:
—¿Qué pasa?
Mientras hablaba, tomó la caja y la abrió. Una mueca de asombro cruzó su rostro e inmediatamente exclamó:
—¡Cielos! ¿Qué pasó aquí? ¡¿Por qué está agrietada?!
El corazón le dio un vuelco en el pecho, pero en cuestión de segundos, forzó una actitud serena.
Su rostro seguía mostrando incredulidad, pero en sus ojos brilló un leve destello de astucia.
Levantó la mirada para encontrarse con los ojos enfurecidos de Erika. Con un tono lleno de inocencia y confusión, le dijo:


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